Evolución humana

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Concepto

La historia del mundo natural tuvo origen en el momento preciso en que arranca el tiempo; un “antes” no existe, porque no había tiempo. Y la historia posiblemente comenzó de la forma que describe la explicación científica conocida como Big bang.[1]

El término “evolución humana” se refiere a la historia del hombre enmarcada dentro del conjunto de la vida y la del planeta. De una forma especial hay que hablar de la relación con los animales.

En el origen de cualquier especie están siempre los cambios que aparecen en el genoma. Después, y con mayor o menor intensidad, se pueden seleccionar dentro de una población algunos individuos, por el hecho de que sean portadores de pequeñas variaciones genéticas que les supongan poseer unos caracteres por los que se adaptan mejor al entorno que los que no los tienen. Estos individuos se reproducen más que los que no tienen esa característica. De esta forma, los cambios del entorno ponen a prueba lo aparecido mediante este mecanismo conocido como “selección natural”: mejora y optimiza las funciones naturales al paso que elimina de la historia evolutiva a los individuos menos aptos, a base de que éstos dejen, de hecho, menos descendientes.

La especie humana ha tenido su origen biológico en unos cambios genéticos, como el resto de las especies. Sin embargo, esos cambios son tan peculiares que dan lugar a un organismo tan especial como es el cuerpo humano. Un cuerpo que es inexplicable e impensable desde la mera biología porque no está especializado para vivir en un entorno; no tiene caracteres que le especialicen a un nicho ecológico. Además, la estirpe humana tuvo, tiene, y parece seguir teniendo, el futuro evolutivo conducido, no por el medio en que vive la especie, sino por la técnica que inventa, el arte del trabajo, la comunicación interpersonal, y un largo añadido. Un plus: cada uno de los hombres posee plus de realidad que le pertenece e él y no a la especie en general.

Así, una vez aparecidos los primeros hombres, la selección natural ha jugado un papel muy secundario; prácticamente nulo en la historia de la humanidad. Desde que aparece el primer hombre la historia ha consistido en una evolución cultural. Por ese plus humano, cuyas manifestaciones podemos englobar con el término cultura, el hombre se hace capaz de manipular el entorno y adaptarlo a las formas de vivir que elige, y no al revés, que es lo natural para los individuos del resto de las especies. Los miembros de la estirpe humana eligen su forma de vida en los límites abiertos y amplios de su relación con los demás seres, sin quedar atrapados en la estrechez de un nicho ecológico[2].

Cada ser humano es una novedad radical y cada uno tiene su propia biografía dentro de la historia de la humanidad. Cada hombre es novedad y no sólo la especie. Cada uno tiene su propia historia.

El distinto modo de ser del hombre y de los animales es puesto de relieve por los paleoantropólogos, que concuerdan en la temprana diferenciación desde nuestros ancestros y que se acentúa con la aparición de homo sapiens[3].

La simple observación empírica nos muestra un salto cualitativo en la naturaleza o modo de ser del hombre moderno que abre un abismo entre éste y los animales que conocemos.

Contar los orígenes y la historia de la humanidad exige entender como la información contenida en el genoma humano se expresa y da lugar a un cuerpo, con un cerebro tan peculiar, que el titular de tal cuerpo está, de suyo, liberado del encierro en el automatismo de los procesos biológicos que ocurren en el cerebro. Tal liberación no es comportamiento azaroso sino autodeterminación. La determinación por parte del yo es precisamente lo que distingue una acción libre de otra que surge por mero azar, o de las que surgen por coacción externa.

Las acciones y facultades humanas no están determinadas “sólo” por las leyes de la dinámica neurológica, como en los animales, sino que cada uno decide y se decide. Se decide quiere decir que es el viviente humano, el titular de ese cuerpo humano concreto, el yo, el que es libre. Libertad que se manifiesta en las capacidades cognitivas y en la conducta y que lleva, obviamente, asociada la responsabilidad. La vida es tarea para cada ser humano, a diferencia de cualquier otro viviente, al que la vida le viene dada y resuelta en su biología[2].

Este salto cualitativo es el que permite al hombre no sólo saber, sino valorar lo que sabe, transmitir conocimiento abstracto y aprender de los demás, realizar proyectos de vida –a largo plazo- y ejecutarlos, elegir entre las opciones de obrar valorando las consecuencias, sacrificarse por los demás sin hacerlo de modo instintivo, distinguir entre lo correcto y lo incorrecto, plantearse la existencia de un más allá, etc[4].

La estructuración cerebral, y la dinámica del flujo de información por los circuitos neuronales humanos, han adquirido una complejidad sorprendente desde un genoma con ligeros cambios respecto a sus antecesores primates. De esto es de lo que hay que dar explicación desde las ciencias[2].

¿Cómo se produjo ese salto que nos ha distanciado de los animales?

Entre los elaboradores de la teoría de la Evolución ya hubo diferencias en esta explicación. Wallace rechazó que todas estas capacidades propiamente humanas pudieran aparecer por simple evolución de la materia y descartó que un cambio tan espectacular fuera resultado de una lenta evolución gradual, apuntando a una causa sobrenatural. Darwin, sin embargo, sostuvo que eran resultado de un simple y largo proceso evolutivo, hipótesis compartida por los seguidores que descartan saltos cualitativos en la naturaleza humana por causas externas.[3]

Los seguidores del evolucionismo materialista apuestan por la simple evolución gradual de la materia como causa de ese salto y descartan una posible causa externa, pero no pueden justificar científicamente por qué el cambio se aprecia en el humano moderno y no en sus ancestros, y mucho menos en los animales[5].

Otros admitiendo la evolución de su ser biológico encuentran que su realidad actual de ser espiritual exige una intervención exterior que le permita poseer ese espíritu.

Una historia incompleta acerca de un “ser espiritual” cuya materia proviene de la evolución del propio universo y que, aunque el hombre recapitula la historia del cosmos, para muchos, el hombre es “algo más”. Al hilo de la historia del universo se puede escribir la del hombre, pero, en cuanto ser espiritual, la ciencia no está capacitada para dar la completa explicación desde el origen, ni lo estará nunca. El hombre en su totalidad-unicidad de cuerpo-mente-espíritu siempre será un misterio para la ciencia porque no se le puede someter al método experimental, y así lo reconocen la mayoría de los autores que trabajan en este campo.

Y el hombre es hombre desde la aparición del primer Homo sapiens: no existe el medio-hombre aunque hayan existido homínidos muy encefalizados y con gran desarrollo mental. Es posible encontrar en el tiempo la presencia de algunos seres más complejos e inteligentes, e, instintivamente, incluso más altruistas. Pero una cosa es hablar de inteligencia y otra de entendimiento, una cosa es saber y otra saber que se sabe. Solo el Homo sapiens entiende y comprende el universo, sabe que existe, lo explica y le da sentido, y actúa libremente superando el destino ciego de los instintos al que obedece todo animal, porque es la única con entendimiento, libertad, voluntad y responsabilidad. Por eso, solo el hombre es capaz de darse a sí mismo conscientemente, aun a riesgo de perder la vida, de amar. Hablar de Homo sapiens es hablar de una persona. Hablar de evolución humana es reducir al hombre, puesto que la evolución no abarca a la totalidad de la persona, solo a su parte energéticomaterial. Hablar de evolución humana es tratar de explicar el fondo vital y anímico de la persona, sabiendo que, desde la ciencia, no hay explicación para su estrato espiritual, para su “yo”, para su núcleo de acción personal. Y en este término queda descartada también la llamada “evolución cultural”, o aplicación del darwinismo a las sociedades humanas que se han desarrollado desde la aparición del Homo sapiens, que defiende una graduación desde el primitivismo salvaje a la moderna civilización occidental, lo que es muy discutible porque en el registro fósil se encuentran huellas de civilizaciones paleolíticas mucho más desarrolladas que las de ciertos pueblos que todavía existen.

El hombre, recapitulación del Cosmos

Rara es la persona que no se ha preguntado por su origen, de dónde viene y a dónde va, o por qué está aquí, quién es, preguntas para las que en última instancia solo la filosofía o la religión tienen respuesta. También las personas se han preguntado muchas veces por el qué y el cómo de este hecho: para estas preguntas la ciencia de hoy tiene una respuesta, mejorable y superable en los años venideros cuando las observaciones se completen con nuevos datos. Pero la mejor manera de responder a estas últimas preguntas es mirándonos a nosotros mismos, lo que somos (no quién somos).

Desde el punto de vista científico, se podría decir que la respuesta se halla en el propio organismo. Como seres biológicos que están sujetos a los avatares de la materia universal, estando compuestos de esa materia universal y en el cuerpo se lleva la huella de la historia del Universo desde sus primeros instantes hasta hoy. En última instancia las personas son quarks y electrones que siguiendo las leyes de las fuerzas que actúan en el Cosmos que se han unido para dar sistemas cada vez más complejos. Con anterioridad a esta especie han existido otras formas de vida, como también las hay en la actualidad, y otras formas materiales no orgánicas tales como átomos, galaxias o estrellas. La historia del Universo es una historia de información, de interacción constante de la materia-energía en el continuo espacio-tiempo, de aumento de la complejidad y de la diversidad, de cambio. Por eso se habla de evolución.

El cuerpo habla de tejidos, de células, de agua salada, de hidrógeno, y de carbono, oxígeno, nitrógeno... elementos que se han formado en los corazones de las estrellas a partir del hidrógeno originado tras el Big Bang, ¡somos polvo de estrellas! el cuerpo también habla de quarks y de electrones, habla de las partículas que se formaron tras aquella “explosión” inicial que dio origen al universo que actualmente se conoce, en el que todos viven, del que se forma parte junto con todo lo creado. Pero no todo queda reducido a materia cuando se habla de los seres humanos: la libertad, el amor, la bondad, el sentido de la belleza, la búsqueda de la verdad y de la justicia, el arte... son cualidades específicamente humanas y privativas de esta especie. La ciencia no puede negarlo porque es evidente, aunque no sea capaz de medirlo ni de cuantificarlo, ni de reducirlo al método experimental porque no posee las propiedades de la materia ni está regido por sus leyes (el espíritu no surge de emanaciones materiales, ni de reacciones cerebrales, como afirman algunos, ni es aumento de la complejidad). El espíritu, como bien afirma V. Frankl, es trascendencia, habla de inmortalidad, de un Absoluto creador del Universo y de las personas, e impulsa a amar.

Una pregunta que con frecuencia se plantea el ser humano es si necesariamente el Universo en que se encuentra tendría que ser como es o podría haber sido de otra manera. Según los últimos datos, el universo tiene cerca de 13.000 millones de años de antigüedad, por tanto tuvo un principio. Cuando nació era muy simple y muy pequeño, pero ese largo lapso de tiempo transcurrido ha hecho posible la evolución de unos sistemas materiales en otros, a medida que crecen el tiempo y el espacio y aumenta la información, en un proceso unitario que lleva aparejado el desarrollo de la complejidad y de la fragilidad en algunos de los nuevos sistemas y la pérdida inexorable de calidad de la energía total. Es decir, tuvo un principio y tendrá un final. El “estado inicial”, según las teorías aceptadas hoy, fue un estadio de alta temperatura y densidad que, a través de la formación de quarks y leptones, del hidrógeno-helio, de las galaxias, de las estrellas, etc. ha permitido la aparición de la vida en el tercer planeta en órbita alrededor de una estrella hecha de “material de segunda mano”, el Sol, en una galaxia no demasiado importante, La Vía Láctea. El final, según los datos más recientes, acaecerá cuando la energía-materia esté totalmente degradada y el universo sea un inmenso espacio-tiempo vacío, oscuro y helado a 0º K, lo que se conoce con el nombre de “muerte térmica”.

Pero retomando la pregunta del párrafo anterior, ¿podría haber sido el universo de otra manera y, de serlo, existiría el hombre? Pues bien, si las fuerzas o las dimensiones del universo fueran otras; si la masa del Sol hubiera diferido en unas cantidades mínimas por encima o por debajo de la que tiene, o su evolución como estrella hubiera sido diferente, o aparecido en un tiempo anterior: No existiría el hombre. Lo mismo se puede decir de la Tierra, cualquier variación en sus características o evolución impedirían la existencia. Incluso si no hubiera caído el meteorito que acabó con los dinosaurios hace 65 millones de años, tampoco existiría el hombre. El propio origen y evolución de la vida son transiciones de fase mayoritariamente únicas, irrepetibles, y que tuvieron lugar una sola vez en un único linaje según una única secuencia de eventos; cualquiera de ellas pudo no haber tenido lugar y, de no haber sido así, no existiría el hombre. Aunque matemáticamente hablando son posibles muchos modelos de universo, un universo rico y diverso en sistemas materiales complejos solo es posible con las características del que tenemos. Solo en este universo es posible la vida y la inteligencia. Luego si de verdad existiere el multiuniverso, como afirman muchos teóricos, el problema existencial del hombre no cambiaría ni se resolvería por ello, solo se trasladaría de escenario: desde el Big Bang a alguna fluctuación cuántica, pero siempre se seguiría preguntando: ¿por qué?, ¿por quién?, ¿para qué?

Parece que hay un ajuste finísimo de las propiedades de la materia y de la propia evolución del Universo, y de sus leyes de funcionamiento, para que finalmente apareciese el hombre. Como dijo A. Einstein: “El Creador no tuvo alternativa cuando creó el mundo”. Analizando en detalle el Universo, la evolución de la vida y la evolución humana, se llega a la conclusión de que son necesarias toda una larga serie de “casualidades” (¿intenciones?), exactamente como las que aquí se han dado, para poder explicar la existencia, y si el azar no es científico:

- ¿Se puede aceptar que un universo en evolución ciega llegara a producir el hombre en el momento preciso?

La vida ni es azar ni necesidad, solo posibilidad en las leyes del universo, de este universo concreto, pero:

- ¿por qué este universo?

- ¿por qué se está aquí?

Casi con toda seguridad el ser humano es un caso único en la historia del Cosmos. Se tendría que buscar una situación similar con una evolución “clónica” para poder encontrar vida compleja en otro lugar del Universo. Hasta ahora no se ha encontrado vida extraterrestre, a pesar de la cantidad de dinero y esfuerzo dedicado a ello, y es que la vida es demasiado escandalosa para no detectarla, ha cambiado por completo el planeta desde un aspecto inicial similar al que hoy se presenta en Venus y Marte hasta el planeta verde y azul que se conoce hoy en día. La ciencia ni afirma ni niega el que un día pueda aparecer otro tipo de vida en un rincón recóndito del universo, solo se atiene fríamente a los datos, pero reconoce, empíricamente hablando, que la vida solo se puede basar en el átomo de carbono, y para eso hace falta una estrella como Sol: ni demasiado grande ni demasiado pequeña, constituida por material procedente de la explosión de supernovas más antiguas, a cuyo alrededor quedan cascajos formadores de planetas ricos en átomos variados. Y un planeta en el lugar y tiempo preciso, como la Tierra primitiva, con campo magnético, agua líquida, atmósfera no oxidante... y toda la serie de avatares por los que ha pasado el planeta a lo largo de su historia. Como dice el “Principio Antrópico” parece que el Universo fue creado para que apareciera el ser humano algún día, para que existiese el hombre, porque son el sentido y la razón de ser del Universo.

Del origen del Universo al Homo sapiens

La especie humana ha tenido su origen biológico en distintos cambios genéticos, como el resto de las especies.[1]

Linneo, en el s. XVIII, al clasificar a los seres vivos en su “Sistema Naturae”, los agrupó en categorías jerárquicas que indicaban proximidad familiar; en este sentido, es de resaltar que a los seres humanos, con el nombre de Homo sapiens, los clasificase junto al resto de los simios como animales del grupo de los Primates. Una intuición que en esa misma época comparte con Buffón, quien llega a establecer líneas genealógicas en las que se siente tentado de incluir al hombre como si fuera un animal más. Estas ideas tomaron cuerpo de doctrina a lo largo del s. XIX con las aportaciones de Lamarck, Wallace, Darwin, y otros, aunque para la mayoría de la gente se atribuya el mérito a este último autor citado. Y aunque las causas de la evolución, o de la transformación, de unos organismos en otros no están claras todavía, sí es posible afirmar el origen común del hombre, en cuanto a ser material, con los animales, como ha demostrado recientemente el Proyecto Genoma[6]. El hecho de que la materia viva, además, y como se ha visto más arriba, sea común a la del resto del Universo, también permite afirmar el origen común para todo.

Ese origen común de todo, el primer instante (el tiempo cero) del Universo, según los datos mejor comprobados (en ciencia ninguna teoría es definitiva), fue una “gran explosión de luz y calor”, el Big Bang, de toda la materia-energía existente hoy, (la materia-energía ni se crea ni se destruye, solo se transforma) que es la que existió también en ese momento, concentrada en un solo “punto” (el punto por definición no tiene dimensiones espaciales) situado en ninguna parte, porque hasta entonces no existía nada (¡tan fácil de decir! y, ¿cómo explicarlo?, ¿cómo concebir este acto de fe científico del “todo explotando en la nada”?). La ciencia no entra en ello, no puede, se limita a contar lo que ocurrió tras la “explosión” (una vez que nacieron el tiempo y el espacio), y dice que los primeros componentes materiales que aparecieron fueron los quarks, formadores de núcleos atómicos. Y que la actuación de las cuatro fuerzas que caracterizan el Universo (nuclear fuerte y débil, electromagnética y gravitatoria) a medida que la temperatura iba descendiendo y el espacio-tiempo aumentando, hicieron posible la formación de átomos (hidrógeno y helio) y de galaxias, que ellas fueron el motor que condujo al Universo que se conoce, y que cualquier pequeñísima alteración en cualquiera de ellas hubiera conducido a un universo diferente, casi con toda seguridad ausente de vida: No existiría el hombre.

Una vez que se formaron las galaxias, la materia del Universo quedó prácticamente recluida en ellas formando una especie de “islas” que dejaban grandes espacios vacíos y oscuros a su alrededor: el espacio intergaláctico en continua expansión. En estos gigantescos y masivos cuerpos celestes, las galaxias, tienen lugar, desde que se formaron, los demás procesos evolutivos (entre ellos la aparición de la vida): formación de estrellas en sucesivas generaciones, formación de átomos pesados, formación de moléculas, formación de materia orgánica.

¿Cuándo apareció la vida en el Universo?

Hablar del origen de la vida, todavía hoy, es hablar de misterio. Ninguna explicación de las muchas dadas hasta ahora ha sido satisfactoria, ni ninguna de las hipótesis formuladas ha sido comprobada experimentalmente. De la vida solo se sabe que existe, y que solo existe en el planeta Tierra. Ni siquiera se sabe definir qué es la vida, solo que está dotada de un “movimiento interno” que le permite autoperpetuarse. Es decir, la vida tiende a la vida, hacia su propia preservación, y, de hecho, la vida ha sido capaz de sobrevivir en las condiciones más adversas y de soportar catástrofes naturales de magnitud inimaginable. Es más, aunque cada catástrofe natural diezmaba la biosfera existente en ese momento, la nueva biosfera procedente de los pocos supervivientes ganaba en diversidad, a veces en complejidad. Es como si existiere en el universo un “hálito de vida” para que esta solo se expandiere y complejizare.

Tal vez por eso, el camino hacia el hombre ha estado sembrado de pasos “hacia adelante” (como los llaman los propios paleoantropólogos) que iban en defensa de la propia vida: Ya en las bacterias, los primeros organismos del planeta, la cooperación entre organismos en busca de un bien común mediante perfectas simbiosis llevó a la aparición de nuevos modelos de complejidad, como la maravillosa célula eucariótica. En un proceso de cooperación similar aparecieron los organismos pluricelulares a partir de ciertos eucariotas unicelulares, en los que el bien general sacrificó la individualidad celular hasta ser los organismos asociados solo “uno”:

  • El sexo, maravilla de la naturaleza aún no demasiado bien entendida, aportó la diversidad genética necesaria para la supervivencia de las especies en un ambiente cambiante.
  • La fecundación interna salvó de los avatares del destino al encuentro entre los gametos sexuales, y el huevo amniota aportó al embrión un entorno adecuado para desarrollarse en ausencia de agua.
  • La individualización del cromosoma “Y” (el cromosoma de la masculinidad en los mamíferos y otras especies) afirmó la diferencia sexual más allá e independientemente de las condiciones ambientales.
  • La aparición de las glándulas mamarias en los reptiles mamiferoides evitó que la madre tuviera que abandonar el nido para buscar alimento a las crías.
  • La adquisición mamífera de la placenta facilitó la protección y el desarrollo de la cría en el seno de la madre, lejos de un ambiente hostil.
  • La preocupación del macho por la hembra y la cría facilitó la aparición de la familia en animales evolucionados (peces óseos, mamíferos y aves), en muchos casos monógama y fiel hasta la muerte propiciando así un ambiente de estabilidad para el mejor desarrollo de las crías.

¿Qué vía filética ha seguido esta evolución en la complejidad hasta llegar al hombre?

En este punto las respuestas se vuelven difíciles e inciertas. Todo paleoantropólogo sueña, en lenguaje darwiniano, encontrar “el eslabón perdido”, pero salvando el abundante yacimiento de Atapuerca[7] (Burgos, España), no hay suficientes fósiles y su estado es tan incompleto y fragmentario que no se pueden sacar conclusiones definitivas. Solo se está en condiciones de decir que la vida surgió hace cerca de 4.000 millones de años en la Tierra, como atestiguan las huellas orgánicas fósiles más antiguas, y que el planeta durante más de dos mil millones de años solo estuvo poblado por bacterias, algunas de las cuales, a partir de este tiempo, se unieron simbióticamente entre sí para dar lugar a los organismos animales unicelulares. Hace cerca de 1000 millones de años el proceso de simbiosis se repitió entre algunos de estos para dar lugar a los animales pluricelulares. Tras la crisis eocámbrica que acabó con la vida antigua, hace algo más de 550 millones de años, apareció Pikaia, un pequeño procordado que recuerda al actual amfioxo, al que se señala como ancestro de los vertebrados. Se acepta que de los peces sarcopterigios de los mares devónicos derivaron los primeros anfibios, y que de alguno de estos los reptiles. De unos reptiles más antiguos que los dinosaurios, los mamiferoides, surgieron los primitivos mamíferos; y de entre los mamíferos placentarios los primates (grupo en el que clasificó Linneo a los seres humanos) en las selvas paleocenas de hace 55 millones de años. La historia de los primates catarrinos-hominoideos se puede seguir a través de sus fósiles por las selvas terciarias de Eurasia-África, sin que en estos momentos se esté en condiciones de decidir por un género de manera especial como antecesor de los homínidos, ni siquiera dentro de estos para el género Homo, que comenzó su singladura en África hace dos millones y medio de años. El mismo problema se plantea a la hora de afiliar la especie Homo sapiens a otras especies.

Y es que el Homo sapiens, el hombre, no solo es un ser especial sino que, para colmo, los restos fósiles homínidos son muy parcos y no dicen mucho sobre lo que pasó antes. Si se reflexiona otra vez, pues la visión de la evolución del Universo quedaría sesgada si no se reconociera que el hombre, a diferencia de los animales, es un “yo”, y el núcleo del “yo” radica en su espiritualidad, como reconocen los autores que trabajan en el campo de la psicología. El estrato espiritual del hombre rige y gobierna todo su ser, por tanto al fondo anímico y al fondo vital, liberándole de los ciegos instintos, al tiempo que se sirve de aquellos para relacionarse con el mundo trascendiéndose y trascendiéndolo. Forma así una unidad relacional de cuerpo-mente y espíritu que es única en el universo: el hombre es un ser libre dotado de entendimiento y voluntad, una persona. Solo el hombre es consciente de que existe el Universo y busca darle una respuesta, y solo el amor da esa respuesta, amor que siempre implica la existencia del “tú” como otro “yo”. Pero como se ha dicho más arriba, estas cualidades propias y exclusivas del hombre son consecuencia de su ser espiritual, y la evolución, por centrarse solo en la materia, no puede decir jamás nada al respecto: la materia-energía solo se transforma en materia-energía, nunca en espíritu, los sistemas materiales en nuevos sistemas materiales. El espíritu no puede emerger de la materia por muy unido que pueda estar a ella. En este punto se entra, una vez más, en el misterio. Pero las huellas del espíritu se han materializado en arte, enterramientos con sentido de trascendencia, etc., de la misma manera que podemos intuir el tipo de mente de un animal por sus respuestas a las condiciones ambientales, que a veces fosilizan. Los actos espirituales del hombre (unidad-totalidad de cuerpo-mente-espíritu) se pueden traducir en actos materiales, y se pueden reconocer en los yacimientos. La respuesta ante la muerte es, por acuerdo, la llave que permite distinguir si se está ante restos humanos u homínidos, ya que el hombre es el único ser del universo que sabe de su finitud.

Los Homínidos

Se denominan homínidos al grupo de primates bípedos, con un pie igual al del ser humano, con los dedos paralelos, de los que se supone se desciende, por lo que se acepta que la evolución biológica va unida a la suya. Por eso, no se puede hablar de evolución humana sin tener en cuenta, entre otros aspectos, el mundo primate, las vicisitudes por las que pasó este grupo desde su aparición. Según el registro geológico, los ancestros de los primates pertenecen a un grupo de mamíferos de rasgos muy primitivos, probablemente derivados de mamíferos insectívoros parecidos a las actuales musarañas, que vivieron en el Mesozoico final. El fósil más antiguo encontrado, Purgatorius, de poco más de 10 centímetros, coexistió con los últimos dinosaurios en las amplias selvas del Cretácico y sobrevivió a la catástrofe de hace 65 millones de años provocada por la caída de un meteorito. Al no cambiar las condiciones ambientales de la Tierra tras esta catástrofe, los preprimates supervivientes, como otros mamíferos, ocuparon los nichos ecológicos vacíos dejados por la desaparición de los dinosaurios, adaptándose y diversificándose en aquellas tupidas selvas paleocenas que se extendían de polo a polo del planeta. El comienzo del enfriamiento de la Tierra hace 35 millones de años y la aparición de los hielos, la estacionalidad y la aridez, causarán hasta la actualidad una serie de extinciones importantes que afectarán drásticamente a los primates, cuya evolución corre pareja a la de estas crisis climáticas.

Los primates son animales caracterizados por una vida social compleja posiblemente debida a las dificultades que entraña la vida selvática, el llamado infierno verde:

  • Los primates pasan muchas horas juntos y tienen un verdadero código social que marca la vida de la comunidad, y los propios hábitos de higiene favorecen la comunicación personal y afectiva, especialmente durante el despioje.
  • Realmente la selva ha hecho a los primates, tanto desde el punto de vista morfológico como conductual.
  • La vida en los árboles obliga a compartir peligros y comida; ha favorecido la necesidad de una socialización de las actividades, tal vez originada por la precariedad de las crías cuando nacen y los necesarios cuidados que exigen.
  • Ha permitido la manifestación de un órgano prénsil mediante la oposición del dedo pulgar de manos y pies.
  • La visión estereoscópica y en color.
  • La erección del tronco.
  • La emisión de un variado repertorio de gritos y de aullidos.
  • El desarrollo de la audición.
  • La elaboración de un rudimentario, pero rico, código de señales con el que comunicarse entre sí.

Estas características, al desaparecer la selva, tal vez se reforzaron para permitir la supervivencia en unas condiciones ambientales cada vez más hostiles, consecuencia del aumento del frío y la aridez en el planeta, y pudieron ser la base sobre la que se asienta la evolución hacia el Homo sapiens.

En los primates, sobre todo en los grandes simios actuales (gibón, orangután, gorila y chimpancé), es posible encontrar algunas características típicamente humanas, que hablan del próximo parentesco (hasta un 98.8 % de genes comunes en gorilas y chimpancés, aunque las diferencias cromosómicas reducen esta afinidad a tan solo un 96%, solo del 26% si se fijan en las proteínas). La capacidad de adquirir momentáneamente la postura erguida; un parto con una sola cría; la dedicación de la madre a la cría durante los primeros años de vida; la utilización de herramientas (ramas, hojas, piedras...); y una compleja vida social. Es más, en sus conductas se pueden observar rasgos de alta inteligencia (no reflexiva), alianzas entre congéneres con un finalidad concreta (de origen instintivo), violencia, infanticidio e incluso “guerras” (instinto de defensa del territorio), pero también altruismo y colaboración. Características que también debieron tener los primeros homínidos, que, por su mayor encefalización, ampliaron con la talla de piedras y el dominio de fuego. Pero ni en unos ni en otros se han encontrado huellas del impresionante proceso cultural, imparable, propio de los seres humanos.

Aunque los primates aparecieron en Laurasia (continente constituido por las tierras de América del Norte, Groenlandia, Europa y Asia sin la India), donde se encuentran los restos de Purgatorius, los fósiles más antiguos de homínidos son todos africanos; igualmente son africanas las especies de simios actuales más afines al Homo sapiens, el gorila y el chimpancé. Hoy solo existe una especie homínida, H. Sapiens, repartida por toda la Tierra y, a pesar de las apariencias externas (las denominadas razas, concepto artificial sin significado biológico), no hay diferencias genéticas entre las diferentes poblaciones. Todos los hombres de hoy provienen de un ancestro común, Homo sapiens africano, conforme a datos genéticos y paleontológicos, con una antigüedad de hace menos de 200.000 años y rasgos negroides. Yendo más atrás en el tiempo se pueden encontrar diversidad de especies homínidas tanto dentro como fuera de África (en Europa y en Asia) debido a migraciones de las más antiguas, estrictamente africanas. Más antiguo todavía es el género Australopithecus, un género homínido exclusivamente africano con varias especies del que se supone desciende el Homo, y que dio lugar también a muchas ramificaciones de las que solo una es antepasada de la especie humana, aunque no se sabe cuál porque constantemente varía la candidata del momento por una u otra razón, testimonio de lo poco claras que están las cosas. Más atrás en el tiempo, aparece el género Ardipithecus, un australopitecino del que se cree derivan los demás australopitecinos, y, recientemente, se han encontrado, en África también, nuevos géneros, Orrorin, con 6.5 millones de años de antigüedad, y Sahelanthropus, que con cerca de 7 millones de años es el ancestro más antiguo encontrado, hasta la fecha, que practicase el bipedismo.

La mayor parte de los australopitecinos (géneros Ardipithecus, Australipithecus, Kenyanthropus y Paranthropus) tenían aspecto simiesco; sin embargo, el hecho de que caminaran erectos les hace lo suficientemente diferentes de los simios como para tener entidad propia homínida. Los australopitecinos eran de pequeño tamaño, algo más de un metro de estatura con un cerebro poco desarrollado, en torno a los 350-400 c.c. Sus hábitos, parecidos a los de los simios actuales:

  • Dieta vegetariana casi exclusivamente, con algún otro manjar carnívoro de forma accidental o esporádica, que les obligaba a pasar gran parte del tiempo dedicados a la recolección de alimentos.
  • Del estudio de sus fósiles se desprende que la marcha bípeda era algo tambaleante.
  • Largos brazos con falanges curvadas, indican que posiblemente pasaban largo tiempo en las copas de los árboles, a donde subirían también ante la presencia de depredadores.
  • Los machos eran bastante más corpulentos que las hembras, indicio de competencia entre ellos para obtener la mejor, tal vez con una familia tipo harén, como las de los gorilas.
  • El parto debía ser muy dificultoso, ya que la postura erecta implica el estrechamiento de la pelvis. Se cree que las dificultades del parto favorecieron los alumbramientos de crías prematuras en las que el cerebro podría haber seguido creciendo tras el nacimiento, en presencia de nuevos estímulos.
Hace 2 millones de años, el clima de la Tierra se enfrió y secó, repercutiendo en el desarrollo de la vegetación, que se hizo más común en la sabana. Este cambio ambiental provocó:
Un cambio de dieta en los australopitecinos y la aparición y extinción de algunas especies. Aparece el género Paranthropus, caracterizado por grandes mandíbulas capaces de triturar vegetales duros como los frutos secos y las raíces, que les daban un aspecto bestial, y una corpulencia que recuerda a la de los gorilas. Y en el género Homo, de aspecto grácil, caracterizado por la incorporación de carne en su alimentación a base de aprovechar los restos de animales muertos que dejaban abandonados los carroñeros.
La especie más antigua perteneciente al género Homo, es el Homo habilis, llamado así porque aparece al tiempo que la primera industria lítica, la olduvayense. Tiene una estatura en torno al 1.35–1.50 metros de altura y su cerebro un volumen de 600 cc. de media.
Casi a la par aparecen dos nuevas especies de Homo: H. rudolfensis (algo más robusta) y H. ergaster (también conocida como H. erectus africano). Respectivas especies mantienen la dieta omnívora, al igual que el H. habilis, y como él son carroñeros oportunistas. En la actualidad se supone que se proviene del H. ergaster‑erectus a través de sus descendientes africanos, una especie que se caracteriza por una estatura superior a 1.60 metros de estatura y un cerebro en torno a los 9001100 cc. Con una marcha más estable que las especies coetáneas, podía correr, y un cuerpo más atlético, se debió mover con facilidad por la sabana y pudo salir fuera de África hace más de 1.8 millones de años, y extenderse por Europa y Asia en sucesivas oleadas migratorias. El alejamiento de África y el consecuente aislamiento genético, junto a las nuevas y cambiantes condiciones ambientales de los territorios colonizados, provocaron la aparición de nuevas especies fuera del continente original.
En Asia es posible encontrar al Homo erectus típico (algunos autores denominan así solo a los ejemplares asiáticos), originalmente llamado Pithecanthropus, con distintas diferenciaciones raciales (“hombre” de Java, “hombre” de Pekín) según época y lugar, hasta fechas relativamente recientes (40.000 años atrás), por lo que llegó a convivir con el Homo sapiens, aunque sin mezclarse con él.
En Europa, los descendientes del Homo ergaster‑erectus, dieron lugar al Homo antecessor y a H. heidelbergensis (muchos autores no hacen diferencia entre estas tres especies e incluso las agrupan bajo el denominador común de H. erectus europeo). Homo erectus es la especie homínida que comienza a cazar, utiliza el fuego y exportar su herramienta típica, el bifaz[8], por todos los territorios colonizados.

Mención aparte merece el Yacimiento de la Sierra de Atapuerca (Burgos, España) donde se pueden encontrar tres especies no africanas:

  1. Homo antecessor.
  2. H. heidelbergensis.
  3. H. neanderthalensis (u “hombre” de Neanderthal).

El equipo investigador (Arsuaga et al.) hace coincidir a la más antigua, H. antecessor, con la especie de la que derivarían las otras dos especies, y también los humanos modernos (H. sapiens). Esta propuesta no es concluyente, entre otras razones porque las pruebas genéticas obligan a buscar al ancestro del H. sapiens en África hace no más de 200.000 años, y el H. antecessor es exclusivamente europeo, con una antigüedad de 800.000 años (recientemente se ha encontrado un diente con 1.200.000 años de antigüedad en esta Sierra). Además, esta especie, H. antecessor, se ha definido sobre un ejemplar juvenil contraviniendo así las normas paleontológicas sobre definición de nuevas especies, por lo que ni siquiera puede ser aceptada como tal. Pero sí se puede relacionar con especies más antiguas, como las encontradas en Dmanisi (Georgia), junto al Cáucaso, una entrada natural de África hacia Europa. El H. heidelbergensis (el llamado “hombre” de Atapuerca, por la abundancia de sus restos en este yacimiento, y también “hombre” de Heidelberg u H. erectus europeo), lo encontramos por Europa, Oriente Medio y Norte de África entre hace 300.000 y 600.000 años atrás. Desarrolló un cerebro algo mayor, entre 1100-1300 cc., y se caracterizó por un cuerpo atlético de gran estatura (hasta 1.80 m.). Se cree que de él deriva el “hombre de Neanderthal” por evolución local (ambas especies fueron descritas en Alemania).

El H. neanderthalensis, se encontró en el Valle de Neander, Alemania, en el siglo XIX, y hasta hace relativamente poco tiempo se pensaba que el Homo sapiens derivaba de él, debido a su gran cerebro y a que el primer sapiens se encontró en Europa (hombre de Cromagnon). Corporalmente es tosco, con una estatura en torno al 1.60 y unos músculos muy desarrollados. Su cerebro llegó a superar los 1600 cc., tenía forma alargada y aplastada, con la frente muy retirada tras su enorme visera supraorbital y un protuberante moño occipital. Este aumento volumétrico del cerebro se manifiesta en una herramienta más elaborada y funcional y en una caza más efectiva. Vivieron en una época muy fría, el último periodo glacial, lo que explica el achaparramiento de su cuerpo. Lo más característico de su morfología facial, junto a los citados arcos superciliares, es la prominencia de su zona naso-bucal, realzada por la ausencia de mentón. A la luz de un darwinismo gradualista, sus fósiles se interpretaron como el estadio evolutivo inmediatamente anterior a la actual especie, pero recientes estudios sobre secuencias de ADN neandertal preservado en fósiles han demostrado que la separación entre la rama humana y la neandertal se produjo hace 600.000 años, lo que descarta al H. neanderthalensis como ascendiente del H. sapiens. Se extinguieron hace 30.000 años, por lo que llegó a convivir con el H. sapiens, sin llegar a mezclarse con él, en Europa y Oriente Medio.

El proceso Homo sapiens

El linaje humano iniciado en África ha tenido dos ramas. Una constituida por las poblaciones con origen por Europa y Asia y que acaba por extinguirse. La otra permanece en África.[1]

La aparición del Homo sapiens es el epílogo de una larga historia que comenzó en el Big Bang, hace 13.700 millones de años, y que terminó en África hace menos de 200.000 años con la aparición de la especie que actualmente forma al ser humano. No se sabe con exactitud cuál fue la especie africana que dio lugar al H. sapiens de las muchas que vivieron con anterioridad: ¿H. rhodosiensis?, ¿H. erectus? Los fósiles más antiguos con características morfológicamente próximas a las del hombre pueden encontrar en este continente con una antigüedad de 160.000 años, en Etiopía (el “hombre de Idaltu”, tal vez H. sapiens ¿arcaico?), pero las huellas de un posible comportamiento humano son mucho más recientes, no superan los 100.000 años. El registro fósil, los estudios lingüísticos y los estudios genéticos (sobre el grado de parentesco de la población actual de la Tierra, deducido del ADN de las mitocondrias: Teoría de la “Eva mitocondrial”[9]; del ADN del “cromosoma Y”[10]; y de otros marcadores) han demostrado que los orígenes del hombre están en África. Igualmente, que la humanidad actual no africana es extrañamente homogénea, por lo que debió emerger de un único tronco común, negroide, que salió de África hace menos de 100.000 años. Este grupo era de pequeño tamaño, y, probablemente, tuvo que ser diezmado poco después de abandonar África, lo que explicaría esa homogeneidad genética. La terrible erupción del volcán Teba, acaecida en Indonesia hace cerca de 70.000 años, junto a otras adversas condiciones ambientales, pudieron ser la causa de este “cuello de botella”.

Pero indistintamente de cuál sea el origen del Homo sapiens, se supone que los tres grandes pasos que ha dado la evolución de los primates para conducir a él, desde una perspectiva gradualista-darwinista sujeta a la selección natural, han sido sucesivamente:

  1. Bipedestación.
  2. Cerebralización.
  3. Hominización, o adquisición del lenguaje doblemente gramatical y de una cultura.

Unos pasos que se habrían ido dando, en mayor o menor grado, desde hace 7 millones de años en el grupo de homínidos de los que se desciende, y que han culminado en las estructuras orgánicas sobre las que se apoya la conciencia reflexiva característica de la actual especie. Sin embargo, también hay que decir que estos tres procesos se han dado, y de forma separada, en otros organismos: Bípedos son las aves y los dinosaurios; están muy encefalizados los cetáceos y los proboscídeos; y la prodigiosa garganta de las aves a veces permite vocalizar de forma bastante inteligente, como en los loros grises africanos. Y, para mayor interés, hoy día se encuentra tan diluido el concepto de cultura que ¿por qué no llamar así a ciertos hábitos animales? Esto quiere decir que aunque el hombre hable de un proceso de hominización[11] por el que en ciertas especies se encuentran características propias del hombre (en sentido material), de lo que no es posible hablar nunca es de grados de humanidad: de “casi-nada-de-hombre”, “un cuarto-de-hombre”, “medio-hombre”, “casi-hombre” u “hombre”, como resultado de un gradualismo darwinista que parte de una especie simiesca, por muy bípedo que pudiera haber sido ese primer ¿“eslabón”? O se es hombre (un ser personal) o no se es, y todas las especies que no son hombre (aunque pertenezcan al género Homo) son animales, por mucha inteligencia (no reflexiva) que puedan haber alcanzado, y aunque hayan desarrollado herramientas.

La bipedestación o bipedismo

Se acepta que la primera característica distintiva de los humanos frente a los grandes simios actuales es la bipedestación, la postura erecta en la marcha. Sin embargo, la bipedestación o bipedismo, no es rasgo exclusivo de los hombres. Muchos otros animales han sido y son bípedos (dinosaurios, aves), y otros muchos utilizan solo eventualmente el bipedismo, como la mayoría de los simios, osos, etc. Entre los primates, una especie ya extinguida, Oreopithecus bambolii, de la que no desciende el hombre, utilizó un bipedismo diferente (tal como si anduviése sobre las palmas de las manos extendidas, es decir, no perdió la oposición del dedo pulgar del pie) con un éxito de supervivencia de más de dos millones de años en los que no llegó a desarrollar su pequeño cerebro. Realmente la bipedestación no conduce directamente a la humanidad, ni con primates ni con otros animales bípedos que, como es posible observar, no han desarrollado ni cerebro ni inteligencia reflexiva ni cultura, simplemente es una forma económica de andar. Aunque tampoco se puede negar que la postura erecta puede facilitar la presencia de un cerebro mayor y la posibilidad de una laringe más baja.

Los datos más antiguos de la presencia de bipedestación humana datan de hace más de 6 millones de años, según se deduce de los fósiles.
Los australopitecinos se reconocen como bípedos, pues además de sus huesos, que lo confirman, se han encontrado huellas plantares, con una antigüedad de 3.5 millones años, de su caminar por la sabana en Laétoli (Tanzania), muy parecidas, aunque de menor tamaño, a las del hombre actual. No se sabe aún qué pudo inducir, hace unos 7 millones de años, a caminar sobre sus patas traseras a unos simios que vivían en las ramas de los árboles. Sin embargo, la presencia de los australopitecinos más antiguos en ambiente selvático y el retroceso en el tiempo de los restos hallados, sugieren que la bipedestación apareció en la selva y, luego, cuando esta desapareció, facilitó la vida en la sabana. La bipedestación requiere tal reorganización corporal que es impensable el sugerir que ocurriera de forma gradual, exige un cambio de diseño. El hecho de que no sea un rasgo exclusivamente humano hace pensar que genéticamente exista esta posibilidad de locomoción en forma de genes “silentes” (desactivados) en la mayoría de los organismos, capaces de activarse ante nuevas condiciones ambientales. Precisamente, por aquella época, tuvieron lugar casi al tiempo las terribles crisis climáticas mesinienses, que desecaron en varias ocasiones el Mar Mediterráneo, y la elevación volcánica del Rift Valley africano, que comenzó a impedir la llegada de vientos húmedos al este de África.
También el estudio del toscano Oreopithecus bambolii parece confirmar la relación entre la bipedestación y la fragmentación-desaparición de las selvas a favor de ecosistemas más abiertos, que impedían ir de rama en rama. Por otro lado, estudios recientes sobre los diferentes tipos de marcha han arrojado que en cualquier circunstancia la marcha bípeda es más económica, desde el punto de vista metabólico, que la cuadrúpeda, lo que explicaría por qué es fácil su adopción incluso en animales no bípedos.
En cualquier caso, la bipedestación acarreó una serie de ventajas para la vida de la sabana: una mejor termorregulación, un único centro de gravedad, visión más amplia, mayor resistencia en la marcha, manos liberadas, etcétera. Y trajo consigo, como inconvenientes principales: partos difíciles y dolorosos y numerosas enfermedades asociadas a la columna vertebral y a las extremidades inferiores, fracturas, varices...

Un rasgo típico de la bipedestación es:

  • Los brazos se acortan y las piernas se alargan dando lugar a cuerpos más atléticos.
  • El foramen magnun está desplazado a una posición basal, reduciéndose así la cara a expensas de un mayor espacio craneano para alojar al cerebro.
  • La postura erecta hace que la laringe baje y cambie la pauta de los movimientos respiratorios.
  • Reorganización músculos-huesos en las extremidades inferiores que cursan con el estrechamiento de la pelvis: un verdadero handicap a la hora del parto que tal vez favoreció el nacimiento de crías más prematuras, de menor cabeza, con la obligada prolongación de la infancia, una mayor atención por parte de la madre, la implicación y una inevitable mayor estimulación cerebral fuera del útero (otros animales puramente bípedos como los dinosaurios y las aves son ovíparos y carecen de este problema, así como los marsupiales tipo canguro).

Sin embargo, la bipedestación no lleva aparejada la cerebralización necesariamente, aunque facilita su presencia; de hecho no se han observado huellas de aumento cerebral destacable en animales bípedos, como no las hay tampoco en los australopitecinos.

La encefalización está más relacionada, también, con un cambio ambiental, acaecido hace 2.5 millones de años por el que se aceleraron y extremaron las condiciones de aridez y enfriamiento en la Tierra. En la sabana africana empezaron a escasear los vegetales blandos y los alimentos que constituían la dieta básica de los australopitecos. Dos fueron las respuestas:

  • Dieta basada en vegetales duros (frutos secos, tubérculos, raíces...) que implicaban el desarrollo de un gran aparato masticador.
  • Dieta blanda basada en la incorporación de carne procedente de los animales muertos abandonados por los depredadores y carroñeros.

La primera solución dio lugar al género Paranthropus, un homínido con aspecto de gorila, y la segunda al género Homo. Como la carne es fácil de asimilar, el aparato digestivo se redujo en tamaño de dientes e intestino. Así, esta respuesta cursó con reducción de la cara y desarrollo del cráneo, al haber más espacio libre en la cabeza. La reducción del proceso de digestión y de asimilación de nutrientes dejó disponible suficiente energía metabólica libre para activar nuevas funciones cerebrales. Lo que ha quedado de manifiesto tanto en los cráneos del Homo fósiles como en las huellas endocraneales asociadas y en la industria lítica característica; un crecimiento cerebral relacionado con nuevas estrategias de búsqueda de alimento.

Este crecimiento cerebral alcanzó una media de 1000 cc. en el Homo erectus; el autor de la cultura achelense y el descubridor del fuego. En sus moldes endocraneales se identifican bien cierta asimetría cerebral, y las áreas de Broca y de Wernicke (asociadas al lenguaje) en el hemisferio izquierdo; pero la frente sigue estando retirada, no hay desarrollo del lóbulo frontal (asociado al pensamiento simbólico). La herramienta erectus (cultura achelense), caracterizada por la presencia sobre todo del bifaz o hacha de mano, indica la adquisición de un mayor sentido estético, que exportaron a Europa y Asia en las sucesivas oleadas migratorias. Sin embargo, el estancamiento en el uso de esta herramienta durante los dos millones de años de supervivencia de esta especie a lo largo del amplio área de dispersión geográfica, indican una mente rígida y poco creativa, a diferencia del H. sapiens, e incapaz de innovación. Y es que, aunque por los estudios anatómicos de su esqueleto puede considerarse al H. erectus s.l. una especie intermedia con respecto a nosotros, en el sentido gradualista de ser un “medio-hombre”, casi con toda seguridad no podía hablar, aunque pudiera haber desarrollado un complejo código de señales. Al ser el lenguaje la característica primordial del hombre como expresión de un pensamiento, junto a la certeza de la muerte, es incorrecto y equívoco hablar de estos homínidos como de “especie intermedia”, a lo más se les puede definir como especie inteligente. Su laringe se encontraba a media altura y su tórax no estaba lo suficientemente inervado. Y lo más importante, tampoco su cerebro-mente tenían el grado de desarrollo y complejidad necesario. Tampoco son concluyentes los indicios de pensamiento simbólico atribuidos al H. erectus europeo (el “hombre de Atapuerca”). El tratar de identificar el yacimiento de la Sima de los Huesos[12] con una necrópolis intencionada y con enterramientos asociados a un sentimiento de trascendencia es inaceptable dadas las características geológicas del mismo y la imposibilidad de un acceso directo. El que la Sima de los Huesos sea una oquedad con forma de huso, indica, casi con seguridad, que el enterramiento fue debido a un accidente natural.

Desde hace dos millones de años las crisis climáticas se aceleran y son especialmente notables conforme se avanzan en los tiempos actuales, con la presencia de periodos extremadamente fríos, periodos glaciales, que se alternan con épocas más cálidas, como la presente. Estos cambios ambientales se relacionan con la aparición de especies cada vez más encefalizadas, alcanzándose el máximo, con 1600 cc. de media, en el H. neanderthalensis, la especie típicamente europea hija de los hielos que cubrían este continente. Su cerebro era muy diferente al del ser humano actual: menos abovedado, con el lóbulo frontal menos desarrollado y mucho, a cambio, el lóbulo occipital (moño occipital). Verdaderamente, en el hombre de Neandertal se observa el culmen del crecimiento cerebral homínido que se inició con la aparición del género Homo, pero también permite deducir, por comparación con el H. sapiens, que la verdadera revolución biológica no es el crecimiento en volumen del cerebro sino el aumento del grado de complejidad de ese cerebro. Según el neurobiólogo F. Mora, a partir de cierto momento no son posibles nuevos diseños corporales con aumento cerebral, por lo que la respuesta ha de consistir en cambios conductuales derivados de cerebros más complejos. Por eso, aunque se dice con frecuencia que los neandertales tenían un grado de humanidad similar al nuestro, nada hay que así lo demuestre. La literatura científica al respecto está llena de frases con términos como “creo”, “me gustaría”, “parece”… en las que se aprecia mejor el sentir del observador que el dato puro y duro con el que hay que trabajar en ciencias experimentales. Pero sí se puede aceptar que el gran cerebro neandertal debió de resultar una magnífica herramienta para sobrevivir en las durísimas condiciones de la Europa glacial, con nuevas pautas de caza y herramientas líticas más funcionales que las de sus ancestros. Como otros homínidos, practicó el canibalismo, más por necesidad nutricia que por una actitud simbólica, como defienden ciertos autores empeñados en descubrir en él un resto de humanidad comparable al hombre del presente. Llegó a enterrar a sus muertos de forma intencionada, aunque no es posible deducir si lo hacía a imitación del H. sapiens, con el que llegó a coincidir en varios lugares, o por higiene (los muertos huelen mal), pero no se aprecia la presencia de un ajuar que indique sentido de trascendencia.
En el H. sapiens no solo se observa un cerebro más grande, 1450 cc. de media, sino que asiste a una verdadera reorganización cerebral. La bóveda craneana se eleva y el cerebro se hace más esférico mediante un amplio desarrollo de los lóbulos frontales y temporales y una reducción del lóbulo occipital. Se halla así un cerebro completamente diferente al de los homínidos y mucho más complejo, con aumento de la corteza cerebral, de la vascularización e irrigación, del número de neuronas y de las sinapsis y conexiones cerebrales. El gran y complejo cerebro supuso, de nuevo, un obstáculo a la hora del parto, dado que es la especie más grácil y eficaz en la marcha bípeda. Por segunda vez los niños prematuros tendrían mayor capacidad de supervivencia (los neandertales tienen la pelvis mucho más ancha y obviarían el problema que implica un cerebro grande), y de nuevo se asiste al crecimiento cerebral fuera del útero, pero en una fase aún más temprana. De ahí la precariedad de los recién humanos nacidos, y la necesidad absoluta que tienen de la madre y de una familia estable, como así ocurrió, que guíe el despertar de ese cerebro-mente y le proporcione los estímulos necesarios para que desarrolle todas sus capacidades. El nuevo cerebro, unido a la aparición del lenguaje, permitió pautas más complejas de vida social, pero sobre todo el desarrollo de la cultura, estímulos y afectos que los niños absorben ya en su etapa uterina.

El habla

Las estructuras morfológicas de la voz humana son el correlato de capacidad de lenguaje, que necesita procesar información cerebral.[1]

Además de un cerebro complejo, es necesaria la existencia de un aparato fonador y de una caja de resonancia. Son tales la cavidad nasofaríngea y sus músculos y una laringe baja. Los indicios fósiles no concuerdan con una laringe baja que actúe como caja de resonancia de las cuerdas vocales en especies distintas al Homo sapiens, aun presentando un gran cerebro. Por otro lado:

  • El grado de inervación.
  • El grado de sinapsis neuronales y vascularización del organismo.
  • La inserción de la lengua.
  • El desarrollo del paladar.
  • La forma de la cavidad bucal.
  • El apoyo de la zona basal de la cabeza.
  • La musculatura torácica.
  • El grado de ventilación pulmonar, tampoco permitían a esos homínidos la articulación de determinados sonidos.

Aunque constantemente se está especulando con la humanidad del neandertal, los estudios realizados sobre sus posibilidades de vocalización indican que solo era capaz de pronunciar dos vocales cerradas: “e” y “o”, con lo que las “maravillosas tertulias alrededor del fuego” imaginadas por ciertos paleoantropólogos se parecerían más a una pesada digestión. El precio que el H. sapiens ha pagado por el lenguaje es la presencia en el tracto alto de la garganta de un único conducto, lo que favorece la posibilidad de atragantarse cuando se come y se habla al mismo tiempo, y el riesgo de morir por asfixia. Pero a través de la palabra, el hombre sale de sí mismo, y mediante un proceso de enseñanza-aprendizaje en sentido horizontal y vertical, el hombre domestica el cosmos. El lenguaje, la palabra, es mucho más que un código de comunicación por muy perfecto que sea, es expresión de ideas, es relación, es ser hombre...

Homo sapiens, el hombre

¿Cuándo el hombre se hizo hombre?

¿Cuándo el hombre se volvió consciente de él mismo?

¿Cuándo apareció la palabra?

¿Por qué se reorganizó el cerebro homínido?

De nuevo se entra en el misterio. La realidad es que la ciencia no sabe cuándo, cómo, dónde y por qué apareció la conciencia reflexiva. La única huella antigua conocida ha quedado plasmada en formas culturales “primitivas” desde hace menos de cien mil años, que ponen de manifiesto la existencia de un hombre como el que se ve actualmente. Es como si en un momento determinado se hubiera abierto una ventana en el cerebro de aquellos Homo sapiens y tomaran consciencia de sí mismos y del mundo en el que estaban insertados, de que se hubiera producido el “gran salto adelante” (del que hablan muchos antropólogos): Los enterramientos de congéneres acompañados de ajuar claramente reconocido; la colonización de Australia hace 60.000 años, para lo que es necesario el descubrimiento de la navegación; el arte parietal desde hace más de 45.000 años; la escultura, la herramienta compuesta, etcétera, son indicadores que demuestran la existencia de una mente moderna con todas las capacidades que se observan en cualquier humano actual.

Pero todas estas maravillas que son posibles de admirar, tanto en aquellos hombres del último periodo glacial como en las más modernas civilizaciones de hoy son consecuencia de poseer conciencia reflexiva. Posiblemente está asentada sobre una inteligencia compleja, fruto a su vez de un gran cerebro, también complejo, bien diseñado, bien vascularizado e intercomunicado en múltiples sinapsis, que ha permitido una fluidez cognitiva sin precedentes en el mundo animal al interiorizar el mundo del que se forma parte. Al tiempo el hombre es capaz de verse así mismo como parte integrante de ese mundo y como individuos aislados. Y también permite ser conscientes de que en ese mundo hay otros organismos individualizados, muchos de ellos idénticos al hombre de hoy en día en su aspecto y en sus capacidades; es decir, de comprender la existencia del yo y del tú, del otro y de lo otro, y de la finitud de mi yo, la del otro y la del mundo. Se hace así consciente también la idea de inmortalidad, la superación de esa finitud, de la muerte. Por eso, la vida humana está necesitada de sentido. Sentido que solo encuentra en la búsqueda de un Absoluto, de un Tú al que unirse para siempre. Se llega así a comprender la existencia del Otro, a intuir la presencia de un ser superior por encima de la muerte.

El que la vida humana solo tenga sentido si está ligada a un “tú” (mi otro “yo”), y que el querer su bien como si fuera el mío sea una necesidad vital, implica una responsabilidad hacia el otro que es libertad. El entendimiento es libertad, característica propia y definitoria del hombre, posibilidad de elegir sus fines, su destino, superando así la animalidad heredada. Y la libertad y el entendimiento son voluntad, otra cualidad intrínsecamente humana, para alcanzar unos fines en función de un “querer alcanzarlos”. Cuando inteligencia, libertad y voluntad se ponen al servicio del hombre, es decir al servicio de un “tú” para alcanzar su bien en cuanto “bien”, nace el amor en el Universo. Existe la posibilidad de decir que en esos momentos el hombre se trasciende a sí mismo para ser un “ser-para-los-demás”, un ser relacional, una persona. Y cuando busca un “Tú” inmortal solo encuentra sentido en un Dios personal. Aunque hay muestras de altruismo en el registro fósil, no es posible hablar de amor donde solo hay instintos. Aunque hay cooperación en el universo, no podría llamarse amor a lo que es afinidad electroquímica. El amor es consciente y libre, solo un ser espiritual puede amar. El amor no surge de la trama evolutiva de la materia, no puede, no es sentimiento animal. El amor es un acto de voluntad personal. Pero esto ya no es ciencia, la ciencia no puede explicarlo, es metafísica. Y sin embargo, esta es la verdadera humanización: la capacidad de amar.

Ya no hay más posibilidades de evolución corporal natural, en todo caso pequeñeces poco significativas que no afectarán como especie (se recuerda, que solo es posible la evolución conductual). Tal vez en unos momentos en los que a través de internet se puede comunicar con cualquier rincón del planeta en cuestión de segundos, en donde se sabe del resto de la humanidad a través de la televisión constantemente, en el que son capaces de jugar a dioses con los entresijos de la vida, en donde se puede acabar el planeta en un segundo con tan solo apretar un botón... se debe reflexionar sobre el rumbo que está tomando la evolución (la historia) humana. Ya que las personas son dueñas de su propio destino, el futuro será lo que cada ser humano quiera que sea. La educación que se está dando a los hijos, los responsables del mañana, decidirá qué tipo de humanidad poblará el planeta y se diseminará por el universo. Muchos de los propios descubrimientos y de las intervenciones ambientales, incluida la intervención sobre el propio hombre, sonde importancia actual. Se puede elegir entre la vida y la muerte, entre el amor y el egoísmo, entre la verdad y la mentira. El egoísmo solo conducirá a un suicidio individual o colectivo del que la manipulación mediática, la “cultura de la muerte”, los desórdenes sociales, las guerras o los problemas ambientales solo son el anticipo. La historia del universo y de la vida es preciosa, para que esta maravillosa historia continúe solo hace falta que el hombre sea hombre. Y el hombre es hombre desde su concepción a la muerte natural, como cualquier otro ser vivo. Un hombre es zigoto, embrión, niño, joven, adulto y anciano si la muerte no interrumpe su vida antes, y recordar esto sí que es hablar de evolución humana en sentido gradual, puesto que hay una continuidad real de cada una de estas etapas, sin saltos que las separen. Como demuestran los últimos estudios sobre desarrollo embriológico, en el zigoto humano ya hay un programa de vida propio y característico de la especie H. sapiens, único de cada persona, solo necesita del tiempo para que se desarrolle, para que pueda escribir su historia en el libro de la vida.

Otras voces

Texto de Referencia

  • Encinas Guzman, Maria del Rosario (Mayo 2012). «Voz:Evolución humana». Simón Vázquez, Carlos, ed. Nuevo Diccionario de Bióetica (2 edición) (Monte Carmelo). ISBN 978-84-8353-475-5.

Bibliografía

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  • Margulis, Lynn (1996). Microcosmos. Cuatro mil millones de años de evolución desde nuestros ancestros microbianos. Barcelona: Tusquets. p. 328. ISBN 8483834553. 
  • Mora, Francisco (2001). El reloj de la sabiduría. Tiempos y espacios en el cerebro humano. Madrid: Alianza ensayo. p. 320. ISBN 842064871X. 

Referencia

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  3. 3,0 3,1 Megías Quiros, José Justo (2020). «Ser humano y animales: estatuto ontológico y jurídico diferentes». Cuadernos de Bioética 31 (101): 59-70. doi:10.30444/CB.52. Consultado el 2 junio 2020. 
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  5. Se ha presentado reiteradamente como verdad científica que la superioridad del ser humano guarda relación directa con el mayor volumen cerebral adquirido por las sucesivas especies de homíninos, pero esto sólo sería válido para los primeros cambios: sapiens, con un volumen cerebral (1450 cc) menor que neandertal (1550 cc), alcanzó un desarrollo superior mientras compartieron econicho. Cfr. Gonzalo Sanz, L.M., Enigmas en la evolución. Del hombre animal al hombre racional. Biblioteca Nueva, Madrid, 2007, 56. Hoy se trabaja en la influencia de genes exclusivos de los humanos con una activación progresiva, como el NOTCH2NL (relacionado con la mayor producción de neuronas durante el proceso embrionario), el SRGAP2C (encargado de la conexión de las neuronas) y otros 33 descubiertos hasta ahora que juegan un papel esencial en la capacidad racional y desarrollo de la inteligencia. Vid. Fiddes, I.T, Lodewijk, G.A., Mooring, M. et. al., “Human-Specific NOTCH2NL Genes Affect Notch Signaling and Cortical Neurogenesis”, Cell 173 (6), 2018, 1356-1369; y Suzuki, I.K., Gacquer, D., Van Heurck, R. et al., “Human-Specific NOTCH2NL Genes Expand Cortical Neurogenesis through Delta/Notch Regulation”, Cell 173 (6), 2018, 1370-1384.
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