Comité Internacional de Bioética de la UNESCO (CIB)

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Comité Internacional de Bioética de la UNESCO (CIB)

El CIB es una institución muy joven. Fue creado en 1992 para responder a las principales preocupaciones que suscita el avance de las ciencias de la vida. Su papel es triple: ser lugar de confrontación y de armonía entre las diferentes culturas bioéticas; ayudar a concretar acciones educativas dirigidas al público general y recomendaciones para sensibilizar a los gobiernos sobre las decisiones que hayan de tomar; y finalmente, identificar y proteger los valores humanos que son fundamento de la dignidad igual de todos los hombres y mujeres del planeta[1].

Sus 53 miembros representan a todas las disciplinas, civilizaciones y culturas. El CIB se reúne anualmente en sesiones plenarias, pero confía mucho trabajo preparatorio a su Comisión Jurídica o a grupos ad hoc. Los debates plenarios son abiertos al público y libres.

La Declaración Universal sobre el Genoma Humano y los Derechos del Hombre[2]es, de momento, la fundamental y única aventura del CIB. En su versión actual, que no ha sido sometida a votación por los miembros del CIB, es un documento muy conciso, que necesita, para ser comprendido, de la lectura simultánea de los comentarios y explicaciones ofrecidos en las sesiones de la Comisión Jurídica del propio CIB[3][4]. Presenta, lo mismo que la Convención de Bioética del Consejo de Europa, algunas graves omisiones, que debilitan seriamente su valor: no señala en ningún punto la Declaración quienes son los titulares de los derechos que confiere y protege, ni toma posición ante ninguna de las aplicaciones prácticas o usos clínicos que puedan resultar de la investigación sobre el genoma humano. Como ha afirmado la Presidenta del CIB, Noëlle Lenoir, la Declaración se abstiene deliberadamente de decir nada sobre investigación embrionaria, pruebas diagnósticas génicas específicas, o terapia génica de células somáticas o de línea germinal, pues ello sería, en un contexto internacional, inapropiado e inmanejable[5].

Es penoso que la Declaración sobre el Genoma Humano vaya a nacer con deficiencias tan fuertes. Lo ha demostrado un episodio reciente. El Director general de la UNESCO, Mayor Zaragoza, con ocasión de la clonación de la oveja Dolly, condenó mucha energía la posibilidad de clonar al ser humano. Posteriormente, preguntó a los miembros del CIB si, a su parecer, en la Declaración estaba implícita la prohibición de clonar al ser humano. Algunos miembros del CIB, reunidos por la UNESCO en París el 14 de mayo pasado, después de haber reflexionado [...] sobre las razones que podrían incitar a tratar de hacer nacer un clon humano, han reconocido que esta última aplicación plantea, además de las dudas de que sea realizable de hecho, problemas éticos considerables”[6]. Pero los expertos no han respondido a la pregunta ¿Qué dice la Declaración sobre la clonación humana? ¿La aprueba, la condena?

La propia Presidenta Lenoir ha vuelto a insistir que “para que el texto de la Declaración conserve toda su perennidad, debe abstenerse de referirse a prácticas y tecnologías específicas. Proceder por enumeración y prohibición limitaría la aplicación de estos principios a las situaciones específicamente consideradas, lo que iría contra el carácter universal de la Declaración”. Esto es decepcionante, pues significa una de dos: o que la Declaración es un texto informe, del que el CIB ha de actuar como oráculo que lo interpreta ante las situaciones emergentes, o que la Declaración es un documento éticamente agnóstico, hecho de material plástico, con el que cada uno puede modelar su propia decisión.

Quizá me he extendido en exceso en estos comentarios, pero estimo que la Declaración Universal de la UNESCO sobre el Genoma Humano muestra paradigmáticamente los límites de la ética de consenso, tan maravillosamente eficaz para buscar soluciones a problemas negociables, y tan estéril ante las cuestiones profundas, creadoras de desacuerdo sustantivo, frente a las que caben dos actitudes: o persistir en un largo y sincero diálogo que vaya lentamente esclareciendo la verdad, o una humilde confesión de que se ha tropezado con la dura realidad del pluralismo ético insoluble. No parece ser la mejor solución decretar un minimalismo ético, gris y sin carácter, que se impone a todos como solución política. Los Comités de Ética no pueden ser nunca instituciones políticas: deberán, ante la imposibilidad del acuerdo consensuado, limitarse a levantar inventario de las actitudes irreconciliables y de las razones en que se apoyan.

El CIB está dominado por su Comisión jurídica y eso lo aproxima más a una asamblea política que a un órgano de reflexión y evaluación ética.

Referencias[editar | editar código]

  1. Lenoir, N. (1993). «Discours. En: Comité International de Bioéthique, Rapport de la 1ère session». UNESCO (París). 
  2. «Universal Declaration on the Human Genome and Human Rights». UNESCO. 1997. Consultado el 24 de octubre de 2022. 
  3. Comité Internacional de Bioética (1995). «Rapport du Comité international de bioéthique de l'UNESCO (CIB) sur le consentement». UNESCO. Consultado el 24 de octubre de 2022. 
  4. UNESCO (1996). «International Bioethics Committee. International Consultation on the outline of a Unesco Declaration on the Human Genome.». UNESCO (Paris). 
  5. Lenoir, Noëlle (1997). «UNESCO, genetics, and human rights». UNESCO. PMID 11654621. doi:10.1353/ken.1997.0005. Consultado el 24 de octubre de 2022. 
  6. UNESCO. «Réunion d’experts à propòs du clonage». UNESCO.