Prudencia

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La prudencia como virtud

En el lenguaje común, a veces se llama prudencia a la cautela en la palabra y en la acción, a la habilidad para evitar peligros o, más en general, a la destreza para conseguir los propios objetivos, independientemente del valor moral que estos tengan en cada caso. En el ámbito de la filosofía moral, ya a partir de la Grecia clásica, la prudencia es una virtud, que consiste en la capacidad estable (hábito) de distinguir lo que es bueno o malo, para realizar lo primero y huir de lo segundo. Solo a la destreza de la razón práctica para el bien se puede llamar prudencia, y en este sentido hablaron de ella Platón, Aristóteles y todos los filósofos que se mueven dentro del planteamiento clásico de la ética de las virtudes, fuera del cual no es posible entender la importancia ética de la prudencia. Emblemático a este respecto es el caso de Kant, para quien la prudencia es una simple habilidad en la elección de los medios para el mayor bienestar propio, que nada tiene que ver con la moral y que bajo ningún motivo debe contaminar lo moral.

El libro VI de la Ética a Nicómaco[1] contiene un estudio bastante completo de la virtud de la prudencia, que sustancialmente sigue siendo válido en la actualidad. Aristóteles llegó a investigar la naturaleza del conocimiento práctico, es decir, del conocimiento moral referido a las acciones particulares, tomando en consideración todas sus circunstancias. Es práctico el conocimiento que es acorde al deseo referente a una acción particular.

"Puesto que la virtud moral es una disposición relativa a la elección y la elección es un deseo deliberado, el razonamiento tiene que ser verdadero y el deseo recto para que la elección sea buena, y tiene que ser lo mismo lo que la razón diga y lo que el deseo persiga. Esta clase de entendimiento y de verdad es práctica"[2].

Al realizar la elección -buena- confluyen el deseo y la razón. La rectitud moral del deseo es garantizada por las virtudes éticas (justicia, fortaleza, etc.); la parte de la razón, por la virtud de prudencia, que puede definirse entonces como:

"la disposición racional verdadera y práctica respecto de lo que es bueno para el hombre"[3], pero "no en un sentido parcial, por ejemplo, para la salud o para la fuerza, sino para vivir bien en general"[4].

Puesto que el bien de la vida humana considerada como un todo es el punto de referencia del bien y del mal en sentido moral, realiza una diferencia del bien y el mal en un sentido natural y técnico, refiriéndose en cambio a un objetivo o un ámbito particular de la vida (bueno o malo como matemático, o como artesano, etc.). Para Aristóteles, la prudencia es la guía y la madre de todas las virtudes éticas, pues sin prudencia ninguna virtud (justicia, templanza, fortaleza, etc.) puede llegar a la realización del bien.

"Señal de ello es que aun ahora todos, al definir la virtud, después de indicar la disposición que le es propia y su objeto, añaden “según la recta razón”, y es recta la que se conforma a la prudencia. Parece, por tanto, que todos adivinan de algún modo que es esta clase de disposición la que es virtud, a saber, la que es conforme a la prudencia. Pero se ha de ir un poco más lejos: la que es virtud no es meramente la disposición conforme a la recta razón, sino la que va acompañada de la recta razón, tratándose de estas cosas es la prudencia"[5]

La prudencia está incluida en la definición de todas las demás virtudes, pues compete a la prudencia señalar la exacta medida en la cual han de amoldarse las acciones buenas.

La función de la prudencia en la vida moral

La función de la prudencia es dirigir la conducta considerada desde el punto de vista más concreto y detallado, garantizando de modo estable la rectitud de todo el proceso deliberativo, judicativo e imperativo de la razón práctica, necesario para la dirección del obrar. La prudencia presupone el saber acerca de los tipos de acciones que son buenos o malos (por ejemplo, “el robo es un pecado contra la justicia”), pero tal saber no establece un único uso de la misma. Tampoco sería exacto afirmar que el papel de la prudencia se limita a deducir juicios morales sobre acciones singulares a partir del saber moral general, o a elegir una entre las alternativas de acción que se presentan. La función de la prudencia consiste más propiamente en encontrar (a veces, en “inventar”) y poner en práctica la línea de comportamiento que aquí y ahora permite resolver los problemas que tenemos que afrontar de acuerdo a las exigencias de las virtudes (justicia, lealtad, etc.) y, por ello, sin apartar nuestra voluntad de lo que es bueno para nosotros y para los demás.

La prudencia realiza esta función perfeccionando la actividad con la cual la inteligencia dirige la conducta moral mediante la deliberación, el juicio práctico y la razón práctica. Por ello, la prudencia es una virtud intelectual. Pero es a la vez una virtud moral. Las virtudes meramente intelectuales dan a la inteligencia la capacidad de realizar bien sus operaciones, ni garantizan, el buen uso de esa capacidad. Es posible no querer usar las capacidades intelectuales que se poseen o querer ponerlas al servicio del mal. No sucede esto con las virtudes morales, y tampoco con la prudencia, cuya esencia incluye la voluntad estable y decidida de hacer el bien. No es posible un uso injusto de la justicia. Quien no obra con justicia, aun teniendo la posibilidad de hacerlo, es porque no desea. No es propio de la prudencia deliberar, si en un caso concreto conviene obrar con justicia o contra ella, sería para ejercerla correctamente. Por eso, la prudencia presupone la posesión de las otras virtudes morales. Si no existiese la firme inclinación a obrar con justicia, con amor a la verdad, con lealtad, etc., faltarían los principios a partir de los cuales la prudencia proyecta el comportamiento que realizan efectivamente esas virtudes.

Sin prudencia no pueden haber obras virtuosas (justas, leales, etc.). Dice Aristóteles que "el hombre lleva a cabo su obra mediante la prudencia y la virtud moral, porque la virtud hace recto el fin propuesto y la prudencia los medios que a él conducen"[6]. Las virtudes morales tienen una dimensión intencional y otra electiva:

  1. La primera, garantiza la comprensión de unos principios generales de conducta como bienes que se deben realizar (la justicia, por ejemplo) e inclina establemente el deseo hacia su realización.
  2. La segunda, en cambio, decide y realiza la obra concreta que es justa, leal, etc.

La prudencia presupone la dimensión intencional de las demás virtudes morales, teniendo la posibilidad de elegir y realizar acciones concretas que les sean propias. La íntima relación -casi inclusión recíproca- existente entre la prudencia y las demás virtudes morales no constituye un círculo vicioso, pero sí hace extremamente delicado y complejo el proceso educativo por el que puede llegar a ser prudente la persona que todavía no posee sólidas virtudes, que son el principio de la prudencia. Quien todavía no está firmemente decidido a llevar un tipo de vida conforme a la justicia, a la lealtad, a la verdad, etc. necesita una ayuda procedente del exterior:

  • La enseñanza moral de los padres y maestros
  • La función educativa de las leyes civiles
  • Las costumbres rectas del entorno profesional, social, religioso, etc.
  • Si el influjo procedente del exterior tiene una valencia moral negativa, el proceso de formación de la prudencia se hace más lento y difícil, según sea mayor o menor la negatividad del estilo de vida que esos influjos expresan y transmiten.

Actos de la virtud de la prudencia

A la prudencia se le puede considerar que realiza de manera recta todo los actos de la razón práctica, los cuales concurren a la conducta moral, siendo principalmente: la deliberación, el juicio y el imperio. Pero el acto principal y más específico de la prudencia es el imperio, esto es, la oportuna aplicación al obrar de lo que se ha deliberado y juzgado. El imperio es el acto principal porque lo que se caracteriza al hombre prudente no es el conocimiento del bien o la adhesión mental a grandes ideales, sino su realización efectiva.

Dado que la prudencia se puede entender como la virtud de la realización del bien, aquellas buenas acciones que no se lleven a cabo se pueden concebir como imprudencia. El imperio presupone la recta deliberación, que es el objeto de una virtud unida a la prudencia que con los filósofos griegos se le conoce como eubulia, y también el juicio práctico verdadero, que es objeto de dos virtudes secundarias que conservan su nombre griego de synesis y gnome.

  • La synesis es la capacidad de juzgar con verdad en las circunstancias ordinarias y según las normas aplicables a la generalidad de los casos.
  • La gnome es la maestría para juzgar acerca de los casos excepcionales, que no suelen ser contemplados adecuadamente por las normas formuladas lingüísticamente en términos universales. Este tipo de juicio regula la virtud de la epiqueya.

Clases y elementos integrantes de la prudencia

Existen dos clases principales de prudencia. La prudencia personal y la prudencia de gobierno.

  1. La Prudencia personal: se refiere a la dirección de la propia conducta en el aspecto más personal.
  2. La prudencia de gobierno: es la prudencia necesaria para gobernar bien una colectividad (familia, ejército, sistema sanitario, Estado, circunscripción eclesiástica, etc).

Entre la prudencia personal y la prudencia de gobierno existe la misma distinción formal que entre la ética personal y la ética política, fundamentada en el diverso fin a que miran cada una de esas dos partes de la ética: el bien global de la persona individual y el bien común de una colectividad. Se trata de una distinción formal y relativa, no de una separación. Es difícil que quien es personalmente imprudente sea un buen gobernante,pero es frecuente que sujetos personalmente rectos no posean las cualidades necesarias para el buen gobierno, y es igualmente frecuente cuanto más grande y compleja es la sociedad o el sistema social que se debe gobernar. El gobierno posee responsabilidades más o menos graves, y requiere una visión clara del bien común que debe promover y tutelar, suficiente comprensión del cambio social y de sus dinamismos, fortaleza y espíritu de servicio, sentido de la autoridad y a la vez un sincero amor a la legítima libertad de todos (también a la de quienes defienden opciones políticas diversas), comprensión objetiva de los problemas y renuncia a toda instrumentalización (aun cuando redundase en beneficio de la propia parte política), sentido del derecho y espíritu de clemencia.

La prudencia presupone algunas cualidades, que son como sus requisitos o elementos integrantes. Concurren al obrar prudente la solícita consideración del modo en que se resolvieron cuestiones idénticas o análogas en el pasado, la exacta comprensión y descripción del problema que puede afrontar, saber dudar de la propia competencia cuando ello es razonable y entonces pedir consejo a quien puede darlo, saber darse cuenta en un plazo breve de tiempo del modo de afrontar una dificultad cuya superación es urgente, ponderar las consecuencias de lo que se hace para evitar efectos no deseados o comportamientos contraproducentes, prever y sortear posibles obstáculos, pero sin necesidad de que adopte medidas provisionales que impidan la futura solución definitiva.

Prudencia, ética medica, bioética

También en el ejercicio de la medicina y de la investigación biomédica compete a la prudencia una función directiva. La actividad profesional prudente es simplemente la actividad profesional recta.

El ejercicio de la prudencia en el ámbito de la medicina presupone las disposiciones que son particularmente necesarias para el médico:

  • Visión clara de las finalidades de su actividad profesional.
  • Fidelidad a la confianza de que es depositario.
  • Búsqueda del bien del paciente.
  • Completa subordinación a ese bien de los intereses personales.
  • Justicia
  • Respeto a la vida
  • Respeto de la legítima libertad de quienes acuden a él
  • Delicadeza y compasión
  • Capacidad de empatía
  • Disponibilidad para escuchar, etc.

Todas estas virtudes que poco valdrían si no fuesen acompañadas por una rigurosa y actualizada competencia profesional.

Es particularmente necesaria en la medicina la exacta inteligencia y definición moral de la naturaleza de los diversos tipos de acciones que se presentan como posibles. Es relativamente fácil sucumbir al engaño cuando piensan que todas las acciones de algún modo acaban conduciendo a un mismo estado de cosas que son moralmente idénticas. La suministración de cuidados ordinarios y el ensañamiento terapéutico coinciden en producir una prolongación de la vida del enfermo, así como su muerte sigue -aunque de modo diverso- la eutanasia o a la renuncia a terapias desproporcionadas. Pero en ambos ejemplos se trata en realidad de comportamientos de opuesto significado ético. A veces es muy sutil el confín que separa la veracidad y la brutalidad en la comunicación de un diagnóstico infausto. Se requiere por igual atención, para distinguir adecuadamente entre los efectos intencionales y los efectos colaterales de una línea de acción, sea para valorar la proporcionalidad de estos últimos cuando se trata de efectos invalidantes, mutiladores o en todo caso negativos. En el discernimiento prudencial de estas diferencias se expresa de modo práctico la idea que el médico tiene su propia dignidad personal y de la del enfermo.

Bibliografía

  • Aristóteles (2001). Introducción, Traducción y Notas de José Luis Calvo Martínez, ed. Ética a Nicómaco. Madrid: Instituto de Estudios Políticos. 
  • Aubenque, Pierre (1976). La Prudence Chez Aristote. París: Presses Universitaires de France. ISBN 9782130627753. 
  • Palacios, Leopoldo Eulogio (1946). La Prudencia Política. Instituto de Estudios Políticos. 
  • Pellegrino, David C.; Thomasma (1993). The Virtues in Medical Practice. New York: Oxford University Press. ISBN 9780195082890. 
  • Ramírez, S.M (1979). La Prudencia. Madrid: Palabra. 
  • Rodríguez, Luño A. (01 diciembre 1988). La Scelta Etica (en italiano). Milán: Ares. ISBN 8881550334. 
  • Rodríguez, Luño A. (2004). Ética General (5 ta edición). Pamplona: EUNSA. 
  • de Aquino, Tomás (1997). Suma de Teología:II-II. Madrid: BAC. 
  • Westberg, Daniel (8 septiembre 1994). Right Practical Reason: Aristotle, Action, and Prudence in Aquinas. Oxford: Clarendon Press. ISBN 0198267312. 

Referencia

  1. Aristóteles (2001). Traducción y Notas de José Luis Calvo Martínez, ed. Ética a Nicómaco. Madrid: Alianza. p. 19 - 21. 
  2. Aristóteles (2001). Introducción, Traducción y Notas de José Luis Calvo Martínez, ed. Ética a Nicómaco. Madrid: Alianza. p. 23 - 26. 
  3. Aristóteles (2001). Introducción, Traducción y Notas de José Luis Calvo Martínez, ed. Ética a Nicómaco. Madrid: Alianza. p. 19 - 21. 
  4. Aristóteles (2001). Introducción, Traducción y Notas de José Luis Calvo Martínez, ed. Ética a Nicómaco. Madrid: Alianza. p. 26 - 27. 
  5. Aristóteles (2001). Introducción, Traducción y Notas de José Luis Calvo Martínez, ed. Ética a Nicómaco. Madrid. p. 21 - 28. 
  6. Aristóteles (2001). Introducción, Traducción y Notas de José Luis Calvo Martínez, ed. Ética a Nicómaco. Madrid: Alianza. p. 6 - 8.