Dolor

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Introducción[editar | editar código]

Si en Medicina se ha definido la salud como el silencio del cuerpo, el dolor es el ruido inconfundible que anuncia la enfermedad. El dolor es la causa principal de consulta médica. Es la realidad más frecuente y segura con la que cada hombre y mujer que vienen a este mundo se van a enfrentar, pero pocos saben explicar qué es el dolor.

Todo hombre puede definir qué es el dolor, pero solo aquel que pasa por la experiencia tiene una cabal información acerca de él.

Otra cosa distinta es que se sea capaz de objetivar. En principio, todo hombre puede definir qué es el dolor, pero solo aquel que pasa por la experiencia del dolor tiene una cabal información acerca de él.

Según el Diccionario de la Real Academia Española de la Lengua (DRAE), se define el dolor como la sensación molesta y aflictiva de una parte del cuerpo por causa interior o exterior. En muchas ocasiones la enfermedad se identifica con el dolor aunque no siempre tiene  que ser así, ya que según el mismo diccionario la enfermedad se puede considerar como una alteración más o menos grave de la salud del cuerpo. Íntimamente unido a lo anterior, el sufrimiento, según el DRAE, sería el padecimiento, dolor y pena. El sufrimiento incluiría el dolor de donde se podría deducir que son sinónimos. Sin embargo, el dolor se refiere más a la esfera somática mientras que el sufrimiento se centra más en la esfera psíquica.

En la segunda acepción que ofrece el mismo diccionario, el dolor coincide con la esfera no material: sentimiento de pena, congoja que se padece en el ánimo.

Acercamiento histórico[editar | editar código]

Dos escenarios han contribuido al menos en Occidente a la interpretación del dolor presentes en la cultura occidental. Se trata de la concepción greco-romana y de la concepción judeocristiana.

  • En el mundo greco-romano el dolor: era interpretado como una experiencia natural y en cierto sentido fatal y trágica que no podía ser desterrada del mundo. Según los antiguos griegos, la naturaleza humana con sus procesos de generación y corrupción llevan pareja la felicidad, el dolor y la muerte. Es la misma naturaleza la que genera y ulteriormente desemboca en el dolor y la muerte. En relación con este poder de la naturaleza, el mundo greco-romano señala que el hombre solo puede cargar con el peso del dolor. Como mucho puede gobernarlo con su arte, con su ciencia, pero nunca eliminarlo de su vida.
  • En el contexto judeo-cristiano: el dolor es considerado no tanto como un evento natural sino como un evento histórico. El dolor como experiencia humana y no solo fuerza natural, puede ser gobernado e incluso superado. Según el mundo judío y cristiano, existe dolor en el mundo por la culpa de origen. No es, por tanto, consecuencia del destino o del recorrido natural de lo creado, sino que es fruto de la libertad del hombre, que ciertamente es un misterio. Por eso, a través de la libertad, el misterio del dolor aparece en el mundo, pero según la visión judeo-cristiana también el dolor es capaz de salir de este mundo y de no tener la última palabra.

Fenomenología del dolor[editar | editar código]

Es posible señalar dos modos generales de presentarse el dolor:

  1. Como experiencia cotidiana que se va acumulando progresivamente en la vida (en las de todos los hombres sin excepción antes o después).
  2. Como experiencia límite, aguda e imprevista.

Ambos se relacionan y hacen siempre que el hombre se interrogue por las  cuestiones capitales de su vida: ¿quién soy, qué debo hacer, a qué estoy llamado a participar, qué sentido tiene la vida, la muerte...?

En el dolor hay algo de misterio. Hay algo de misterio en el dolor y solo a través de la experiencia dolorosa se puede conocer lo que este sea.

Lo primero que posible a señalar es que se está ante una cuestión más compleja en general de todas las disciplinas científicas, entendiendo por estas no solo las experimentales. Hoy en día se trata del dolor en los hospitales y en las consultas y se focaliza la atención en el dolor más que en los dolores. Ciertas ciencias que se ocupan competentemente del dolor como la psicología, la medicina, la antropología etc, deben recalar igualmente  en la importancia de la experiencia del dolor porque el dolor no es cuestión de cifras, de niveles, de fallos orgánicos,  que también. En este sentido, el dolor encurva al hombre, le aprisiona en el sufrimiento y le cuestiona sobre su propia existencia.

La ciencia biomédica nos asegura que la experiencia dolorosa es más rica y compleja que la mera sensación del dolor. Así lo confirman, según Polaino-Lorente, suficientes confirmaciones neurofisiológicas.

La medicina ha objetivado alteraciones sobre todo en:

  • El sistema nervioso central (SNC) que acontecen en procesos álgicos:
  • Alteraciones en el sistema límbico.
  • Alteraciones en los lóbulos frontales en el sistema reticular activador ascendente que influirían en la percepción, reacción, afectividad frente a la experiencia dolorosa. Esta influye en la personalidad modelando la respuesta ante el dolor, que siempre es personal. Por tanto, hay un componente subjetivo y objetivo en la experiencia dolorosa. Hay tantas formas de reaccionar personalmente como personas existen, ante los cambios anatomo-funcionales que se observan en el SNC, que hacen integrar y vivir el dolor singularmente. Por ello, como apunta Polaino-Lorente:

“El dolor, además de una reacción estimular, es un modo de expresión en el que queda patente el modo de ser de la persona que sufre. Lo objetivo de la sensación dolorosa queda revestido en el hombre con el ropaje de lo afectivo y personalizado que le caracteriza”[1]

Las alteraciones morfológicas señalan no solamente dolores físicos, sino también psíquicos, dolores que a veces se presentan de forma crónica o aguda, dolores fuertes e invalidantes, dolores débiles. La fenomenología es variada pero siempre sabiendo que cada uno experimenta el dolor de forma singular. Esto es capital a la hora del tratamiento.

Tratamiento del dolor[editar | editar código]

El tratamiento del dolor tiene que tener en cuenta lo antes dicho, que el dolor se manifiesta en una experiencia vital, por tanto hay que tener en cuenta tanto el elemento objetivo, alteración funcional, y el sujeto como tal. Quizá en ningún tratamiento sobre el hombre es requerida tanto la reflexión holística antes de iniciar el tratamiento. ¿Cómo actuar, qué fármacos emplear? se debería valorar el sujeto como un todo unitario y hacer la elección médica mejor para el paciente teniendo en cuenta el principio de totalidad.

Lo mismo que no hay enfermedades sino enfermos, se puede decir que existen experiencias dolorosas más que dolor.

El tratamiento del dolor invade todas las esferas de la persona. Además de los protocolos establecidos, no se pueden estandarizar conductas ya que el dolor necesita además de un diagnóstico, tratamiento y rehabilitación en muchos casos, intimidad médico-enfermo. El dolor se va incrustando poco a poco en todas las entretelas de la persona de tal forma que no existe una frontera nítida del límite álgico. De importancia notable requiere el dolor psíquico que será punto clave en la historia médica, ya que el sufrimiento del paciente psíquico es inimaginable y muchas veces invalidante.

En muchas ocasiones no está clara la línea de demarcación para señalar que se está ante un dolor físico o un dolor psíquico.

¿Cómo abordar el tratamiento?

Al margen de la acción especializada, aquí solo se quiere apuntar que esta situación es factible en clínica y que no se pueden simplificar las cosas. Existen situaciones donde no es tan claro determinar límites porque todo influye en todo. Siempre el manejo de fármacos psicotrópicos está sujeto a un examen prudencial por parte del facultativo. Sin un ejercicio prudente se pueden sobrepasar límites morales tolerables. Desgraciadamente existen sustancias en el mercado de fácil acceso por parte de los particulares que pueden estar fuera del control médico. Un cortejo de tranquilizantes, ansiolíticos, barbitúricos, antidepresivos deberían ser objeto de un control más personalizado.

En lo que está de la mano se debería contribuir desde los profesionales de la salud a descartar como medio más eficaz para eliminar el dolor: los cocktails líticos que numerosas personas ingieren y que saltan a los medios de comunicación como causa cierta de fallecimiento. Esto parece que se va imponiendo en las sociedades, donde fármacos específicos para el dolor se suministran a personas sanas con dificultades hasta incluso generarse en ciertos medios, fármacos que prometen la felicidad. En algunos de los contemporáneos se percibe la experiencia dolorosa no como algo propio del carácter humano, sino como algo que hay que erradicar como sea. Por eso, por qué no utilizar fármacos más poten tes que eliminen radicalmente el dolor aunque se lleven por delante la consciencia u otras funciones. Esta constatación y viraje del tratamiento del dolor hunde sus raíces en qué y cómo se entiende la felicidad y el dolor.  

Sentido del dolor[editar | editar código]

El verdadero problema del dolor no es en el fondo su naturaleza sino su sentido. Más necesario y urgente para las sociedades bienestantes es cómo se sufre que cuánto se sufre. No son contrapuestas, pero el sentido del dolor hace al hombre preguntarse por el cómo.

Afrontar el dolor es aceptar la condición de finitud en el horizonte de la vida. El dolor pertenece al misterio del hombre, es más, el dolor es un misterio como titulaba una de las obras de Laín: Mysterium Doloris. Solo ante el dolor el hombre cae en la cuenta o mejor discrimina en lo que es realmente importante y lo que en el fondo no lo es, aunque en muchas ocasiones es posible verse por las cosas superficiales e intrascendentes de la vida. Porque en el fondo el hombre es el único animal que busca un porqué. Por eso deber del médico es también ayudar a buscar el sentido de la vida en el hombre doliente.

El hombre que no encuentra un sentido a su vida se muere de dolor. Preguntarse por el sentido de la vida no es o debería ser consecuencia sintomática de sufrir una enfermedad, sino que su propia naturaleza le empuja a ello. Le empuja a preguntarse por las cosas fundantes. Esa necesidad existencial la tiene que colmar el hombre desde su interior. No puede ser colmada o cerrada en falso por la sociedad de consumo que le rodea y que le puede ofrecer una respuesta momentáneamente satisfactoria. El dolor puede ayudar a la persona a encontrar el sentido de su existencia y paradójicamente a encontrarse con la felicidad. Porque la felicidad implica un encuentro siempre. Cierto y verdad es que el encuentro pueden producirse con el dinero, con el placer, con el éxito, pero estas situaciones nunca son finales, son siempre mediales.

El dolor y la enfermedad se encargan de desnudar la adventicia estructura que en torno a ellas el hombre construye. No conviene huir o silenciar lo fundante; es cuestión de tiempo, cuanto antes el hombre encuentre el verdadero sentido de la vida podrá ser más feliz.

Misterio del dolor y del sufrimiento humano[editar | editar código]

El sufrimiento que aparece con fuerza en la enfermedad, crea una situación existencial difícil extrema de desesperanza. Se corta la vida normal del hombre, la sensación de ser útil a los demás, se rompen los proyectos de la vida.

Decía Amiel que la manera de sufrir es el testimonio más grande que un alma da de sí misma.

Independientemente de las causas cada vez más conocidas y variadas, el dolor y sus consecuencias permanecen en la esfera del misterio, que no implica irracionalidad o desconocimiento, sino algo que sobrepasa la pura experimentación. Las razones últimas del dolor y del sufrimiento se escapan a los análisis científicos; ¿por qué hay tanto dolor; por qué a pesar de tantos avances, el hombre no es capaz de eliminar el dolor de la faz de la tierra? ¿Por qué tal cantidad enorme de dolor y afectando en infinidad de ocasiones a tantos inocentes e inermes? ¿Por qué tanto dolor y sufrimientos inútiles? Nietzsche lo expresó lúcidamente en su obra “Así habló Zaratrusta”[2]: lo que subleva del sufrimiento no es el sufrimiento sino el absurdo de sufrir. ¿Qué sentido tiene? ¿Qué sentido podemos dar a esta situación desde el punto de vista cristiano? A veces se combate contra el sufrimiento queriéndolo eliminar, -y esto en sí mismo no es malo-; la fe no lo elimina, pero sí ayuda a orientarlo.

En efecto, la dificultad se encrespa cuando se parte de la verdad de que Dios ha creado el mundo y se afirma que tiene una especial providencia sobre él. El colmo de la insolencia, afirman algunos, es que los cristianos que llaman a Dios padre, les trate así. Ese misterio entre Dios y el mal ha existido y existirá siempre en el mundo. Bastantes ejemplos en la literatura antigua profana y religiosa se enfrentan a esta cuestión. Autores como Epicuro, Boecio y Agustín se plantean el problema del mal que origina tanto dolor en la historia. Es por tanto una constante de la historia y sin lugar a dudas una de las razones más sustantivas del ateísmo. En el fondo, el misterio del dolor y del sufrimiento no tienen ninguna explicación humana convincente. Nada que tranquilice la curiosidad humana, nada que explique la violencia más total que el hombre, todo hombre puede padecer. Una pista de solución es el porqué de su universalidad. Por qué todos, hace pensar que es algo innato en el hombre, el poseedor de un dolor y sufrimiento voraz que le acompaña en el camino de la vida y que acelera precisamente ese camino. Ni combinaciones o teorías sofisticadas y doctrinas complejas son capaces de dar sentido al dolor en el corazón del hombre. No existen sencillamente. Solo el cristianismo tiene una explicación que se concentra no en una doctrina sino en un concreto hecho histórico: la Persona de Jesucristo clavada en la Cruz. El hecho de que Dios asumiese todo tipo de dolores, físicos y psíquicos, hace al menos preguntarse: ¿qué sentido tiene el dolor cuando en esa proporción es asumido por Jesús? ¿Qué sentido y por qué así de esa forma, no se podría haber concluido de otra forma?, ante esta pregunta, la siguiente reflexión de Juan Pablo II:

”Dios que además de Omnipotente es Sabiduría y Amor, desea, por así decirlo, justificarse ante la historia del hombre. No es el Absoluto que está fuera del mundo. ¡No, absolutamente no! Dios no es solamente alguien que está fuera del mundo, feliz de Ser el Sí mismo, el más sabio y omnipotente. Su sabiduría y omnipotencia se ponen, por libre elección, al servicio de la criatura. Si en la historia humana está presente el sufrimiento, se entiende entonces porqué su omnipotencia se manifestó con la omnipotencia de la humillación mediante la Cruz. El escándalo de la Cruz sigue siendo la clave de interpretación del gran misterio del sufrimiento, que pertenece de modo tan integral a la historia del hombre. En eso concuerdan incluso los críticos contemporáneos del cristianismo. Incluso ellos ven que Cristo crucificado es una prueba de la solidaridad de Dios con el hombre que sufre”[3].

Cuando se cae en la cuenta de que uno no tiene en sí su origen, ni en sus manos, está su fin, puede hacer de su vida donación, puede caminar en la senda del don.

El misterio del hombre, de todo hombre y de todo el hombre, como recordaba el mismo Papa siempre que tenía ocasión solo se esclarece a la luz del misterio del Verbo Encarnado[4] y crucificado. El misterio del hombre recibe entonces luz del misterio de Cristo. Por ello, la Pasión de Jesucristo es el posible lugar de referencia del hombre doliente. Cristo en la carne de cada hombre se muestra doliente, sufriente, inocente. Así se perpetúa a través de los tiempos y permanece en la historia. Hasta ese punto incomprensible ha querido Dios que cada persona se uniera a su Hijo, queriendo asociar el sufrimiento y dolor al suyo de su Pasión. Es ya un gozo inexplicable el poder correr la misma suerte. Entonces, el dolor y el sufrimiento cambian radicalmente de perspectiva y la vida, el sentido de la vida, es radicalmente mutado. Deductivamente el cuerpo humano dolorido experimenta una espiritualización, es más, una divinización, como ocurrió en el cuerpo del Crucificado. Por eso la lógica divina todopoderosa y sabia, apunta que para vivir y vivir en plenitud hay que morir. El hombre nace para morir, pero el morir humano es para vivir en plenitud. Pero no cabe deducir que todo ocurre porque Dios ama, vive de amor, crea por amor, prepara todo por amor y muere de amor. El amor trasciende y limpia el dolor. Esto es completamente compatible en la lucha contra el dolor y la enfermedad.

El mismo Jesús se encargó en muchos casos de eliminarla con su poder divino. Pasó la mayor parte de su etapa pública con los enfermos y los que sufrían por la enfermedad cuya sociedad judía de la época consideraba malditos y apestados. En cambio, para Jesús eran sus preferidos. Por lo tanto, el hombre separa lo que es dolor en sí, de lo que se puede sacar del dolor y aquello en lo que el dolor puede acabar convertido. Lo primero es y será siempre horrible, lo segundo y lo tercero pueden llegar a ser maravillosos. A partir de aquí, el sufrimiento será trastocado radicalmente: el dolor puede ser vinculado al amor. Dios no es impasible ante el dolor sino que lo asume y le da sentido.

Dios no calla ante el dolor, el sufrimiento o la muerte, sino que responde precisamente ante su última Palabra. Jesús no explica teóricamente el sufrimiento, sino que da sentido y orientación a todo; da un sentido a la existencia de todo. Para Jesús, la causa del sufrimiento última es la ausencia del reino de Dios[5]. La presencia del mal, del dolor y del sufrimiento indican que aún no ha llega do en plenitud el reino de Dios[6]. En Jesús se ve un Dios que no se goza del dolor que padece el hombre. Jesús acude a todos los lugares donde está el mal que hace sufrir a los hombres, y no se queda resignado, lucha contra ese mundo de dolor y sufrimiento; es más, Él mismo asume las debilidades, contingencias del mundo y del hombre. Jesús asumirá el dolor pero no para eternizarlo, sino para transfigurarlo, para transformar todo el dolor y cruces de la historia que acabarán para siempre en la Parusía.

La solidaridad de Jesús es tal que le lleva a la muerte, pero tras la muerte, la resurrección como signo de victoria, de vida. El dolor ha quedado aniquilado. Ya no habrá más muerte, ni dolor, ni lágrimas porque el primer mundo ha pasado... todo lo hago nuevo[7]. Ante el dolor el creyente espera. Puede mantenerse en la esperanza a pesar del sufrimiento. Quien cree en Jesús todavía no está en la plenitud. Tiempo de lágrimas, de pruebas pero antesala del triunfo definitivo, porque la pascua vive triunfante para siempre. Él es la plenitud para siempre. Por ello, el creyente, a pesar del dolor no desespera ante la confianza que le da la bondad y el poder de Dios, que transformará la vida de cada uno como transformó la vida de Jesús. Dios consuela con la gracia en la desgracia. Dios protege del sufrimiento aunque no libera de él. Todo hombre pasa o pasará por Getsemaní, pero está llamado a no sufrir desesperanza porque sabe que Dios está allí, para sostenerle, para acompñarle, para auxiliarle. Jesús se adelanta en el camino, pero no sustituye el caminar. Sí lo recorre con los hombrea y está a su lado animándolos con su amor que es renovador y triunfador sobre el dolor y el sufrimiento. No es una resignación infantil y de hombres antiguos.

La plenitud de lo humano se manifiesta en Cristo perfecto Dios y perfecto hombre. De aquí le viene al hombre doliente su capacidad de hacer espacio al amor, transformando el sufrimiento con amor. El amor posibilita aliviar el dolor propio y ajeno, encauzando la presencia del reino de Dios. El que ama a Dios y se deja amar por Él no solo no levanta cruces contra los demás sino que se olvida de sí en la medida que puede para servir a los demás dando lo que él gratuitamente ha recibido. En este sentido los creyentes tienen que crear caminos para atender a los no creyentes, con su solidaridad, comunicación, servicio, amor, etc. La presencia, el acompañamiento a veces duro y en no pocas ocasiones aparentemente estéril, paulatinamente irá abriendo al no creyente a preguntarse los porqué que todo hombre se plantea. La presencia, la comunicación, el diálogo son cauces de consuelo, de intimidad, de amistad. En ese recinto la transmisión de la fe sale sola porque son nuestras obras las que hablan. En este contexto, si se puede, las palabras transmitirán la fe en el Dios de la vida y del amor. Por el oído llega la fe, con la vida, la esperanza y con el servicio al amor. Podrá ser destinatario del amor transfigurador que dé sentido al dolor y al sufrimiento y que le anticipe la felicidad con la que no había ni imaginado.

Se incluye a modo de concluir estas líneas con la confidencia de un enfermo terminal y gran escritor castellano que deja a las claras hasta qué punto, la crudeza del dolor y del sufrimiento humanos pueden por un humano ser cambiadas cuando Dios da sentido a la vida y por tanto al dolor:

“jamás pido a Dios que me cure mi enfermedad. No lo pido porque me parece un abuso de confianza, pero sobre todo, porque temo que, si me quitase Dios mi enfermedad, me estaría privando de una de las pocas cosas buenas que tengo: mi posibilidad de colaborar con Él más íntimamente, más realmente. Le pido, sí, que me ayude a llevar la enfermedad con alegría; le pido  que la haga fructificar, que no la estropee yo por mi egoísmo o mi necesidad de cariño. Pero que no me la quite. Estar, vivir en el Huerto no es ningún placer, pero sí es un regalo, un don, tal vez el único que, al final de mi vida, pueda yo poner en sus manos de Padre”[8].

Pocas veces en tan pocas líneas se puede decir tanto. El hombre que se encuentra con Cristo puede desde esa amistad poder decir y sobretodo vivir esto. Dios asegura la comprensión de la vida y también del dolor y sufrimiento cuando Él desentrañe el misterio y solo exista la luz.

Otras voces[editar | editar código]

Texto de referencia[editar | editar código]

  • Vázquez, Carlos Simón (Mayo 2012). «Voz:Dolor». Pardo, Antonio, ed. Nuevo Diccionario de Bióetica (2° edición) (Monte Carmelo). ISBN 978-84-8353-475-5.

Bibliografía[editar | editar código]

  • Salvino, Leone; Privitera, Salvatore (1994). Dizionario di bioetica (en italiano). Acireale. ISBN 8810205693. 
  • Juan Pablo II (11 de febrero del año 1984). Salvifici Doloris. Roma: Vaticana. Consultado el 31 de julio de 2020. 

Referencias[editar | editar código]

  1. Polaino Lorente, Aquilino (1994). «Más allá del dolor y el sufrimiento». Manual de biética general: 458-478. ISBN 84-321-3027-3. 
  2. Nietzscheandres, Friedrich. Así hablo zaratustra. Alianza editorial. p. 560. ISBN 9788420650913. 
  3. Juan Pablo II (1994). Cruzando el umbral de la esperanza. Barcelona: PLAZA & JANES. p. 224. ISBN 9788401326042. 
  4. Pablo, Obispo de la Iglesia católica. «GAUDIUM ET SPES». 7 de diciembre de 1965. Consultado el 31 de julio de 2020. 
  5. «Lucas 13:10-17». 
  6. «"Evangelio según San Juan, 9 "». 
  7. «Apocalipsis 21:4». 
  8. Martín Descalzo, José Luis (9 d diciembre de 2007). «“Reflexiones de un enfermo en torno al dolor”». Interrogantes. Consultado el 31 de julio de 2020.