Ética del cuidado

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La “ética del cuidado”, una corriente de pensamiento moral, social y político que ve en la vulnerabilidad de las personas y la solicitud por ellas un aspecto esencial de la vida individual y colectiva. La ética del cuidado forma ya un cuerpo de doctrina, elaborado principalmente por feministas norteamericanas. La inició Carol Gilligan en 1982 con su obra In a Different Voice.[1]

Carol Gilligan, Joan Tronto y Nel Noddings (cc Deror avi, Zorgethiek y Jim Noddings)

Joan Tronto es la segunda gran figura de la corriente; su aportación se cifra en dos libros:

  1. Moral Boundaries: A Political Argument for an Ethic of Care (1993)[2].
  2. Caring Democracy: Markets, Equality, and Justice [3](2013).

Poco después de Gilligan, Nel Noddings en Caring: A Feminine Approach to Ethics and Moral Education [4](1984) abre una nueva vía, que subraya los sentimientos y la inclinación natural como base del cuidado. Años más tarde, Noddings amplía su tesis en otro libro, The Maternal Factor: Two Paths to Morality[5] (2010), donde sostiene que el instinto materno es una fuente principal de moralidad. También Sara Ruddick, que murió en 2011, siguió, a su modo, esta línea en su estudio Maternal Thinking: Toward a Politics of Peace (1995).[1]

Como muchas de las pensadoras de esta corriente son feministas que vienen de la tradición posestructuralista, no es extraño que la ética del cuidado naciera en Estados Unidos y luego haya tenido eco sobre todo en Francia. Entre las representantes francesas se puede citar a Pascale Molinier, que reflexiona sobre las profesiones del cuidado en Le care monde[6] (2018), y a Fabienne Brugère, que además de algunos estudios tiene una útil introducción a la ética del cuidado: L’étique du “care” [7](2017).

La ética del cuidado y el personal sanitario[editar | editar código]

No sería absurdo afirmar que el acto sanitario es, por excelencia, un acto basado en el cuidado. La atención solicitada a otro ser humano que está enfermo, que sufre, o que padece alguna “enfermedad” o "anormalidad" en el sentido de tener alguna diferencia que le incapacite de alguna manera para realizar su proyecto vital. Se trata de una labor en la que se pretende el restablecimiento de la situación de “normalidad” o salud, o, al menos el alivio del sufrimiento.[8]

Sin embargo, en la actualidad se tiende a disociar ambos elementos como si se tratara de dos tareas diferentes:

  • La medicina se ocuparía de la curación de los enfermos.
  • Mientras que la enfermería tendría por objeto el cuidado y atención de los mismos.
La importancia del cuidado en enfermería no obsta a la afirmación de que el cuidado hace referencia a la tarea propia de la asistencia sanitaria en general.[8]

La meta final sería la misma, qué duda cabe: el bienestar del paciente. Pero el bien interno que define cada una de las profesiones sería absolutamente distinto. Tanto es así que suelen presentarse los dos términos como dicotomía y binomio de opuestos, especialmente en el mundo anglosajón donde se utiliza un juego de palabras:

  1. Cure/care. Cure (=curar) sería la labor de la medicina, sabiduría técnica, habitualmente ejercida por varones.
  2. Care (=cuidar) sería la labor de la enfermería, práctica de asistencia solícita, habitualmente ejercida por mujeres.[8]

Esta distinción entre curación y cuidado difícilmente se sostiene. La diferenciación ha servido para justificar una organización institucional que es indefendible en el mundo actual. La enfermería y la medicina forman parte de un único acto sanitario, por más que sus funciones sean diferentes, que sean distintos los focos de atención que cada una de ellas enfatiza, que sean profesiones con características diversas, y que no puedan confundirse.[8]

A pesar de esta coincidencia en el cuidado como elemento que da sentido a las tareas sanitarias en su conjunto, es claro que la tarea profesional de la enfermería es una práctica moral en la que el cuidado cobra su máxima vigencia. De ahí que en la actualidad la ética del cuidado sea uno de los puntos básicos de la ética enfermera. Así lo han defendido buena parte de las autoras que recogen las aportaciones de Gilligan.[8]

Características de la ética del cuidado[editar | editar código]

Como ya ha indicado Feito Grande, la ética del cuidado es, ante todo, un modelo ético que viene a compensar la preeminencia de las propuestas que se han impuesto mayormente desde la Modernidad, aquellas en las que predomina lo correcto como objeto de la ética, en las que se busca la justicia imparcial e igualitaria, y la defensa de los derechos, como base de unos mínimos para la convivencia. En esos modelos, denominados de modo global "éticas de la justicia", la virtud queda restringida al ámbito privado, referida a las creencias u opciones personales.

La ética del cuidado reta a desarrollar una sensibilidad hacia las diferencias en perspectiva, y a necesitarla como una demanda de justicia.[8]

El modelo de la justicia permite articular la sociedad mediante la defensa de las ideas de libertad e igualdad que están en la base de los sistemas democráticos del estado de derecho, pero olvida, o al menos deja en segundo plano, dimensiones importantes de la ética como las emociones, la voluntad, lo afectivo, etc. Estos son elementos que componen la vida moral de las personas, pero que no tienen cabida en un modelo de fundamentación racional de corte lógico y deductivista, en el que se pretende la universalización imparcial.[8]

La ética del cuidado recupera esas dimensiones, insistiendo en la incompletitud de los modelos de la justicia y reivindicando la importancia ética que tienen las actitudes de comprensión y preocupación por las personas y sus particularidades. Especialmente enfatiza la idea de solidaridad, entendida como preocupación y responsabilidad por el otro ser humano, en la convicción de que sin ella no es posible la realización de la justicia, comenta Feito Grande.

La ética del cuidado logra recuperar las emociones para la vida moral, insistiendo en que los problemas reales y vitales exigen prudencia, responsabilidad, y acciones personalizadas, y no un mero análisis racional hipotético. Sin embargo, esta demanda no es exclusiva de las profesiones sanitarias, ni se trata de una reivindicación de la aportación femenina a la ética, se trata de una verdadera transformación de la humanidad que supone una ganancia irrenunciable a la altura de la actualidad: la solidaridad. Con ello trae al ámbito público lo que la ética de la justicia había relegado a lo privado: los valores de atención al otro, el compromiso moral ante la interpelación de las personas que necesitan ayuda, y la formación de actitudes de responsabilidad.[8]

Una perspectiva femenina[editar | editar código]

El punto de partida de la ética del cuidado es la observación de que las mujeres tienen otro modo de plantear las cuestiones morales. Esa es la “voz diferente” que descubrió Gilligan hablando con muchas mujeres para un estudio de psicología evolutiva, su especialidad. Pero el hecho se puede interpretar de distintas maneras.[1]

Para Nel Noddings, la perspectiva moral femenina está enraizada en la capacidad de ser madre, de nutrir y cuidar la vida del hijo. Aunque no es exclusiva de ella, la tendencia natural a cuidar, presente en todo ser humano, tiene en su versión femenina un carácter y una intensidad peculiares. A diferencia de cierta mentalidad racionalista y más bien masculina, la mujer tiende a tomar decisiones atendiendo no solo a principios abstractos de justicia, sino más bien a la vertiente afectiva; no solo sopesando derechos, sino preocupándose en especial por las consecuencias para las personas; prefiere evitar los conflictos y preservar la relación con los otros, que valora más.[1]

Ética feminista[editar | editar código]

'Carol Gilligan'Fecha de nacimiento: 28 de noviembre de 1936, en Nueva York. Psicóloga, filósofa y feminista. En 1958 se graduó como ”cum laude” en Swarthmore College. En 1964 realizó un doctorado en Psicología Social en la Universidad de Harvard. En 1997 se convirtió en la primera profesora de Estudios de Género de la Universidad de Harvard.[9]

Las otras representantes de la ética del cuidado, que siguen la estela de Gilligan y son mayoría, coinciden en buena parte con Noddings en la descripción del modo femenino de mirar los asuntos morales, pero discrepan radicalmente en la interpretación. La tesis de Noddings les parece naturalista y con tendencia a justificar la relegación de las mujeres a la familia y la esfera privada, al sugerir que eso es a lo que por naturaleza se inclinan y lo que en el fondo desean; de ese modo, obstaculiza la igualdad con los hombres.[1]

Menos objeciones ponen a Sara Ruddick, cuyo “pensamiento maternal” no es simplemente natural, sino ante todo una inteligencia educada y unas competencias adecuadas. Pero le reprochan que cifre la especificidad femenina en la maternidad, porque lo consideran excluyente de muchas mujeres. Y creen que deja al margen la liberación de la mujer y la lucha por la igualdad, Expresa Serrano.

Según Gilligan, ese enfoque “maternal” revela una “feminidad impuesta”: la idea tradicional de “mujer buena” olvidada de sí misma y dedicada a los demás. Es significativo que en In a Different Voice, Gilligan dedique dos capítulos al aborto, donde defiende que no es una negación del cuidado, sino de aquel modelo de entrega total. Al examinar los razonamientos morales por los que las mujeres llegan a la decisión de abortar, concluye que consideran la responsabilidad de cuidar según un punto de vista amplio, que incluye las necesidades ajenas y las propias.[1]

Para la mayoría de estas pensadoras, que los hombres sean más competitivos, y las mujeres favorezcan más la cooperación, etcétera, son estereotipos. No vienen de la naturaleza, sino de modelos patriarcales inculcados a niñas y niños desde la primera infancia. Al sacar a la luz las voces morales femeninas, Gilligan no pretende sustituir un estereotipo por otro. Su objetivo siempre ha sido, dice, poner en cuestión presupuestos muy difundidos sobre la moral, para destacar el valor de las prácticas de cuidar a otros, que están subestimadas por ser ejercidas en gran medida por mujeres. Pero esa voz apagada del cuidado pudo oírla también, advierte, en jóvenes llamados a filas para combatir en Vietnam, que se planteaban responder o no pensando en las responsabilidades compartidas y la relación con los otros, venciendo el estereotipo masculino.[1]

En fin, Gilligan propone que la ética de la responsabilidad (estereotípicamente femenina) y la ética de los derechos (estereotípicamente masculina) se completen mutuamente. No quiere –como tampoco Tronto– una “moral de mujeres”, pero sí una “ética feminista”, nacida de la experiencia de las mujeres y que facilite alcanzar para ellas la igualdad real. En palabras de Annette Baier:

“Una ética feminista no es la guerra de las mujeres contra los hombres: la mejor teoría moral debe ser un producto colectivo de las mujeres y de los hombres, debe armonizar la justicia y la solicitud”[10]

¿Cómo asegurar el cuidado de las personas en la sociedad actual?[editar | editar código]

Propuesta desde la ética del cuidado[editar | editar código]

Las tareas de cuidar personas se han cubierto tradicionalmente gracias a la disponibilidad de las mujeres. Pero esta solución se ha vuelto más difícil con la creciente actividad profesional femenina y el aumento de las necesidades por el envejecimiento de la población. La ética del cuidado invita a pensar planteamientos políticos y sociales que revaloricen el cuidar y favorezcan que sea ejercido tanto por hombres como por mujeres. La socióloga feminista Nancy Fraser examina la cuestión en un estudio muy citado, “After the Family Wage: A Postindustrial Thought Experiment” (incluido en su libro Justice Interruptus: Critical Reflections on the “Postsocialist” Condition, 1997)[11].

Para compensar la menor disponibilidad de las mujeres, se han probado dos posibilidades, dice Fraser:

  1. Sería confiar el cuidado a profesionales e instituciones, con ayudas sociales para contratarlos. El inconveniente es que, como ya se ve, el cuidado se convierte en un trabajo peor remunerado y ejercido por mayoría de mujeres.
  2. Otra posibilidad es dar asignaciones para compensar a quienes reducen la dedicación al trabajo para ocuparse de niños, personas mayores o tareas domésticas: o sea, que la actividad profesional combinada con el cuidado equivalga a un empleo de jornada completa, con salario completo.

Esto supone desde luego revalorizar el cuidado, poniéndolo a la altura del trabajo “productivo”. Pero, a falta de una fuerte educación de los hombres para que cuiden, seguirán siendo las mujeres las que casi siempre reduzcan la jornada profesional.[1]

Todos tienen que cuidar, y el cuidado no puede ser considerado una pura actividad marginal

Según Fraser, la solución es abandonar la separación entre los que trabajan y los que cuidan. Habría que plantearse, como dice Fraser en su trabajo, si el free rider es la madre soltera que esquiva el trabajo gracias a las prestaciones sociales, o más bien el hombre con empleo que esquiva el cuidado. Todos tienen que cuidar, y el cuidado no puede ser considerado una pura actividad marginal que supone un coste para la actividad productiva, sino un verdadero trabajo. Pero como el cuidar no puede ser completamente mercantilizado, se puede sostener con una renta básica universal o con una prestación más de la seguridad social.[1]

Además, siempre seguirán haciendo falta cuidados profesionales o fuera del hogar, que las políticas públicas habrían de sostener. Pero es importante que el Estado no suplante ni ahogue las iniciativas de la sociedad civil, porque un monstruo asistencial no funcionaría, y la solidaridad informal aporta una personalización del cuidado.

Fraser reconoce que falta mucho para que se pueda adoptar una solución general que vaya en esa dirección. Pero se necesita una nueva mentalidad antes que nuevas fórmulas, que llegarán cuando la mentalidad sea otra.

Otras voces[editar | editar código]

Referencias[editar | editar código]

  1. 1,0 1,1 1,2 1,3 1,4 1,5 1,6 1,7 1,8 Serrano, Rafael (7 de septiembre de 2020). La ética del cuidado. 
  2. Tronto, Joan C. (1993). Moral Boundaries: A Political Argument for an Ethic of Care. Psychology Press. p. 226. ISBN 0415906423. 
  3. Tronto, Joan C. (2013). Caring Democracy: Markets, Equality, and Justice (en inglés). NYU Press. p. 256. ISBN 0814782787. 
  4. Noddings, Nel (2003). Caring: A Feminine Approach to Ethics and Moral Education. University of California Press. p. 236. ISBN 0520930142. 
  5. Noddings, Nel (2010). The Maternal Factor: Two Paths to Morality. University of California Press. p. 289. ISBN 0520265491. Consultado el 15 de septiembre de 2020. 
  6. Molinier, Pascale (2018). Le Care Monde. ENS Editions. p. 176. doi:10.4000/books.enseditions.9377. 
  7. Brugère, Fabienne (2017). L'éthique du "care" (en francés). Presses Universitaires de France - PUF. ISBN 2130789226. 
  8. 8,0 8,1 8,2 8,3 8,4 8,5 8,6 8,7 Feito Grande, Lydia (2003 - 2005). «Enfoques consecuencialistas: La ética del cuidado». Universidad Rey Juan Carlos, Máster de Bioética de Canarias (Madrid). 
  9. Ferrández Gallego, Belén; Martínez Mellado, Irene; Molina Sánchez, José Manuel; Moreno Jiménez, Gloria María; Vázquez Muñoz, Aitor; Sánchez Paredes, Celia. «Carol Gillgan (1936), Trabajo De Inicio A La Investigación Grupal: Visibilizando Psicólogas Pioneras». Universidad de Sevilla, Facultad de Psicología. Consultado el 15 de septiembre de 2020. 
  10. Cudd, Ann; Andreasen, Robin (2005). Feminist Theory: A Philosophical Anthology (en inglés). Wiley-Blackwell. p. 442. ISBN 9781405116619. 
  11. Fraser, Nancy (1997). Justice Interruptus: Critical Reflections on the "Postsocialist" Condition. Routledge. p. 256. ISBN 1317828089. Consultado el 15 de septiembre de 2020.