Familia

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La familia es objeto de numerosos análisis desde las más diversas opciones. Podríamos decir que la familia está de moda. Después de varias fases y crisis en su historia de comprensión, las recientes encuestas publicadas, sitúan a la familia como la institución más valorada y en la que las personas recurren y es para ellas recinto valorado.

La afirmación cuantitativa por si misma es indicativa. Sin embargo, nuestro enfoque no es sociológico. Quiere anclar la familia en la verdad antropológica que esconde. Una antropología adecuada acerca de la familia será la base para la comprensión bioética general y de sus cuestiones más candentes en particular.

Nuestro esquema, no pretende divorciar, persona, matrimonio y familia, antes al contrario, son realidades esencialmente relacionadas. Por ello, en esta síntesis queremos aclarar que la persona es el centro y la clave para entender la familia.

Una familia[1] que se encarna en el matrimonio y que constituye el marco existencial adecuado para que ésta pueda desplegar la riqueza única que permite a las personas ser y actuar conforme a su singularidad.

Definición[editar | editar código]

La familia es una comunidad de personas en el amor.  Una comunidad de personas donde el modo propio de vivir y existir junto es la comunión. Sólo las personas son capaces de existir en comunión. Es central esta consideración ahora que se plantean por igual todo tipo de formas de existir entre los hombres. Pero sólo una hace justicia a la singularidad humana y esta es la comunión.

Más allá del mero agregado existencial o de coyuntura anímica y vital, la comunión está atravesada por el amor. Un amor que tiene su verdad, es decir, no cualquier estructura de lo que entendemos por tal es amor. El amor crea unidad en la diversidad, posibilita la entrega y se alimenta de la donación interpersonal. Una donación que es vaciarse para ser llenado, darse para ser acogido.

Nadie que no esté dispuesto a vaciarse puede darse; nadie que no esté dispuesto a ser acogido puede amar y ser amado. Sólo en la familia se posibilita por la gratuidad lo apenas descrito. Sólo donde la persona es considerada como un fin en sí y no como un medio para mí, se posibilita la construcción de la familia.

Esta construcción es capital, tanto la felicidad personal hoy diríamos “privada” como para la esfera “pública”.

La familia es el primer pilar en la construcción de la sociedad.

Familias auténticas generarán un mundo más humano. Familias cuantitativamente reducidas y cualitativamente desdibujadas generarán un mundo a la corta y a la larga más deshumano. 

Persona y familia[editar | editar código]

La persona es el centro de la bioética desde nuestra perspectiva. Hemos optado por ella y dado las razones por la que la elegimos en el centro de nuestra reflexión. Es la persona la que actúa y decide qué es lo que elige cotidianamente. Por ello, es capital hablar de familia bajo el aspecto moral porque es la familia el lugar donde la persona crece y se preparara para hacer de ella un sujeto moral; un sujeto que opte por la vida y opte por su eticidad.

No es fácil el camino aquí apostado, porque requiere una concepción particular del matrimonio, que hace justicia a su término, y una concepción de la persona. La ética del matrimonio y la familia corren por el mismo camino positivo o negativo que la persona. La suerte de ambos corre paralela. La crisis del matrimonio y la familia no es sino la manifestación más profunda y real de la crisis de la persona presente en nuestras sociedades.

Y en sentido positivo, la recuperación de la identidad matrimonial y familiar dependerá de la recuperación acerca del bien de la persona. La persona y el matrimonio se desenvuelven en la institución familiar. Esta realidad evita el error de considerarla como un absoluto moral o de un absoluto socio-cultural.

La familia existe en función del hombre. Desde una perspectiva cristiana, Dios creó al hombre en familia y para que se mostrase en plenitud y apostó por la familia. No es una opción la familia como algunos pretenden demostrar y sobre todo difundir sino una exigencia antropológica fundante. El hombre necesita la familia para ser plenamente persona.

Fundamentos de la familia[editar | editar código]

Hoy asistimos a todo un pull de información acerca de la familia. En diversos foros se constata que existe en la actualidad una crisis de la familia, no simplemente una crisis en la familia. Lo que está en tela de juicio es la conveniencia de la misma.

A pesar de que la mayoría de los miembros de nuestras sociedades occidentales valoran en proporciones singularmente elevadas a la institución familiar no es menos cierto que existe un intento de interrogarse acerca de la conveniencia de la misma. Es la familia a la que se cuestiona su propia existencia.

Pero la constatación sociológica estaría incompleta sino se apuntase a que esa crisis de la familia se sitúa en una crisis de la persona. Un intento de modificar el concepto de persona, afectaría obviamente al concepto de familia. Por ello, es en la persona donde debemos buscar el fundamento, la justificación integral, la naturaleza y las “formas” de familia. Por ello, antes de preguntarnos cómo está la familia hoy, qué salud tiene, es urgente dirigir la pregunta sobre la persona.

Si para la plenitud del desarrollo personal, la familia constituye una necesidad o si por el contrario es una opción más en la organización humana. Nosotros apuntamos que la familia no es algo optativo; es la forma mejor que tiene el hombre de ser y estar en el mundo. Es el “recinto” dónde puede desarrollar lo que es. Y la persona es constitutivamente un ser relacional. La familia posibilita que esa relacionalidad en el hombre sea plena. Para cualquier hombre, es evidente que la dimensión relacional está presente en su vida. Para un cristiano, esa relacionalidad alcanza un sentido nuevo. Es a través de la relacionalidad como el hombre se comprende plenamente con los otros y con el Otro.

Sólo a través de la relacionalidad es como puede desarrollar plenamente sus potencialidades. Por eso es tan importante definir la persona como un ser relacional que en su apertura intencional posibilita el despliegue de su ser.

La familia hace que estas relaciones sean auténticas porque posibilitan la acción en libertad. Posibilitan que la interpersonalidad se sitúe en la libertad, no en la conveniencia, ni en la utilidad, ni en el dominio. En el fondo, en el motor de la libertad se encuentra la gratuidad y esta es la clave para entender la familia. Y en este contexto de gratuidad como motor de la libertad es donde entendemos que el hombre vive, existe porque ama y es amado.

Alguien podría objetar que no se vive de amor, sino de pan, de placer, de poder etc. A primera vista así podría parecer. Pero cuando oteamos a un nivel menos superficial se comprueba que al faltar el movimiento del amor en sus dos componentes de amar y ser amado, la persona pierde el interés por la vida en el sentido más amplio.

Lo demás pierde su valor, queda desfigurado en la existencia. Cuando estamos en lugares y con cosas que nos evocan a personas y por ende a familias, al faltar éstas, aquellas pierden su significado. Las cosas más queridas y deseadas, sin las personas no son nada. Más allá de una reflexión abstracta, nuestro deseo es subrayar que la familia posibilita la comprensión adecuada de la vida, de la vida personal y es la respuesta más plena al deseo radical de vida que encontramos en las personas. Por ello, incluso desde un punto de vista no creyente se puede comprender a S. Juan cuando escribe y anuncia que Dios es amor.

Se entiende que en ese amor está encerrada la vida, la vida plena, el anhelo de vida, el sentido de la vida que existe en todo hombre. Por eso, para el cristiano, el amor a Dios y el amor de Dios es lo que “hace”, dar el sentido de la vida, es lo que da la clave para vivir. Si esto es así, debemos preguntarnos cómo podemos amar mejor y más. La respuesta que encontramos más atinada es en el matrimonio y en la familia.

Son lugares donde encontramos la vida porque ellos son “lugares” de amor. No de un amor cualquiera, sino de un amor verdadero. Porque existe una verdad acerca del amor, como existe una verdad acerca de la persona y del matrimonio y de la familia. Esa verdad acerca del amor que funda la familia se mide y se comprueba en que no se busca, sino que se da, se entrega no solamente aquello a lo que se tiene derecho como en una relación contractual, sino se entrega aquello que se necesita.

Lo que necesita el hombre para ser comprendido y para vivir es el amor. Se entrega el amor, amando. Esta es la forma relacional que puede ser realizada plenamente en la familia y solo en ella a lo largo del tiempo. Porque la familia no se construye sino por y para ese amor. No existen intereses legítimos o espurios que puedan relativizarla.

Por ello, la persona no se merece algo inferior a la familia para vivir y para aprender el sentido de la vida. Nada puede plantearse como alternativo, ni el mundo laboral, ni el político, ni el económico, ni el deportivo etc que tienen otro armazón constitutivo; el técnico, el interés, el dinero, etc. Por eso nada hasta la fecha ha sustituido a la familia como modo de hacer feliz al hombre en plenitud.

Ninguna forma asociativa ha colmado mejor que la familia las necesidades que tienen el hombre de amar y ser amado. Por ello, incluso se podría afirmar que si la familia y el matrimonio no existiesen habría que inventarlos.

Panorama distinto es el que en ciertos ambientes se intenta difundir hoy y es la construcción de un hombre nuevo que no necesite ni de la familia ni del matrimonio. Pero el hombre es como es, no como algunos intentan fabricar. Los intentos de la ideología de género van por este camino; soluciones alternativas a la familia y al matrimonio que en el fondo se construyen erróneamente, porque se fabrica un concepto falso de persona.

Algunas derivadas de tales postulados ya se han empezado a constatar como lesivas, infelices y estériles para la vida del hombre. Por ello Juan Pablo II afirma que el futuro de la humanidad pasa por la familia (Familiaris Consortio 86).

Arriba hemos apuntado como clave de archivolta el amor. Pensamos que la familia es el recinto del amor, pero ¿de qué amor?. Hemos dicho que pensamos que existe una verdad acerca del amor que es tanto como decir que no todo lo que se entiende por amor es digno de tal nombre.

El término amor es analógico y hoy en día es objeto de confusión y de ambigüedad cuando se aplica a la familia y al matrimonio. No todo tipo de amor es capaz de dar vida a la familia y al matrimonio sino tan solo aquel que viene asumido en la responsabilidad personal y social y aquel amor que está sostenido y confiado a y por Dios.

En la familia se puede aprender a amar. Algunos creen que el amor es algo absoluto al que todo debe sometérsele incluso la persona. Pero como cualquier otra realidad humana, el amor nace de la persona y debe ser considerado en relación a ésta. Decir que el amor debe considerarse en relación a la persona misma implica que el amor debe servir al crecimiento de la persona y no solamente a conseguir un estado de placer o bienestar que es bueno en sí mientras no se le absolutize.

Además el amor implica toda la complejidad del ser. El amor no es autónomo ni autosuficiente. Si no encuentra alguien que lo acoja, desaparece irremediablemente.  Por eso es tan necesario preparar el recinto que acoge el amor y esto solo lo puede hacer la persona en la familia. El medio humano donde germina el amor es la vida virtuosa. No se puede amar en la verdad sino están presentes las virtudes; sino se armoniza y se integran las distintas fuerzas y dinamismos humanos; sino se resiste ante la adversidad; sino se apuesta por la equidad, sino se ejecuta la responsabilidad en el hic et nunc de cada acción (prudencia).

El amor necesita de este sostén. Solamente la familia posibilita la creación de un armazón resistente y flexible frente a los embates que le acechan. Y para esto la persona debe ser educada constantemente. Solo la familia está dispuesta a “invertir” en tamaña empresa.

Pero además el amor necesita del sostén de la sociedad. Un aspecto quizá poco tratado pero importante. La sociedad debe procurar ayuda para que la misión singular de la familia se pueda dar. Y ella será además la primera beneficiada de tener personas capacitadas de construir con un empeño permanente el bien común, es decir, ser agentes de justicia en el tejido societario. Es importante porque tanto la vida y la justicia son necesarias para el progreso de la humanidad.

Pero nos quedaríamos incompletos y sobre todo abocados al fracaso si no considerásemos que el amor tiene total necesidad y sostén de Dios. Para un cristiano esta afirmación debería ser una obviedad aunque, en la práctica, a veces, por debilidad, no se pueda vivir y actuar desde este primado. La Iglesia sostiene que Dios tiene un proyecto de amor concreto para el hombre manifestado en la Escritura. Más allá de detallarlo en los textos concretos (Mt 19,8; Jn 13, 34; Jn 15, 13; Ef 5, 25) se apunta a cómo Dios posibilita que el amor se dinamice en esa excentricidad que le es propia.

De tal manera que a través del amor salgamos al encuentro del prójimo y podamos introducirnos en el misterio del UniTrino. No podemos llegar al otro y a Dios de forma plena sino es a través del amor que solo en Dios tiene su fuente, su fuerza y su sostén. Ciertamente, se objetará que es un dato que se capta por la fe, pero se puede comprobar existencialmente cómo el amor humano cuando es pleno está abierto a todo; que no puede ser colmado plenamente por una realidad concreta y creada.

Recinto de fidelidad y fecundidad[editar | editar código]

El planteamiento personalista de la familia y del amor nos permiten señalar el significado auténtico de la fidelidad y de la procreación. Para un planteamiento personalista adecuado el amor verdadero es fiel. Puesto en sospecha por planteamientos de corte sociologista o psicologistas que sostienen que es difícil cuando no imposible la fidelidad en el amor. Lo avalan las encuestas, las más diversas realidades sociales y sin discriminación de ningún tipo. Sin embargo, esta constatación social no echa por tierra lo que es una realidad que es que cuando una persona se siente amada quiere serlo en el tiempo, no un momento o en una coyuntura.

El amor nace con la exigencia de la continuidad. De tal forma que el amor o es fiel no lo es. Por ello el recinto que asegura la familia y el matrimonio son lugares donde el amor fiel puede extenderse. Pero el amor en sí mismo no siempre es capaz de mantenerse en la continuidad en el tiempo en la fidelidad. De aquí lo apuntado unas líneas arriba. Para mantener la promesa del amor para siempre, es decir de la fidelidad, es necesario absolutamente el concurso de Dios.

Nos encontramos ante una paradoja: por una parte señalábamos que a la persona le es debido el amor fiel (otro tipo de amor por ejemplo el amor infiel, la traición genera muerte), no otro tipo de amor y, por otro lado, no posee en sí mismo la capacidad, la  fuerza para realizarlo. Parecería pues inferirse que el amor fiel es temporal. Sin embargo, un amor sostenido en Dios y por Dios puede mantener la promesa de fidelidad.

Esta fidelidad posibilita que la fecundidad procreativa alcance su sentido genuino. En efecto, la procreación humana requiere de un especial recinto de un lugar donde esa vida se presuma prudentemente que va a ser tutelada digna y responsablemente (ver procreación responsable). La familia es el lugar donde debe acontecer la procreación ya que permite que confluyan en su seno el lugar de crecimiento físico y espiritual acorde a su dignidad. Sólo la exclusividad y totalidad que se expresa en el matrimonio y que posibilita la aparición de la familia considera la procreación en su dimensión integral.

Sólo la familia asentada en el matrimonio capacita para que la procreación manifieste la singularidad que posee. El hijo que viene a formar parte de una familia es una persona humana, tiene un carácter de totalidad que lo hace invulnerable frente a cualquier manipulación. Se procrea para participar de la vida y no como un derecho. Por ello, no puede ser pensado y querido como algo sino como alguien que viene porque alguien lo da.

Además la persona es un ser social. Por ello, el hijo necesita una socialización adecuada que le capacite y enseñe estar en el mundo.

La familia se presenta como agente de socialización de primera magnitud porque capacita a las personas a insertarse adecuadamente en el tejido social. Al mismo tiempo, nada interesa más a la sociedad que tener familias estables que otorguen a la sociedad individuos responsables.

En definitiva, la familia está en función de la persona. Es el primado personal el destinatario de la familia. La familia está llamada a forjar la persona a la que ayuda para que den en ella todas las perfecciones que le son propias y para que éstas puedan ser plenificadas.

En medio del debate acerca de la conveniencia o no de la familia o de los tipos de familia, la constatación histórica señala que sólo la familia fundada en el matrimonio es capaz de forjar y servir en plenitud a la persona. Sociedades donde el primado de la persona no está presente, sino otras variables, o donde incluso el concepto de persona es equívoco, la familia y el matrimonio automáticamente quedan afectados. Sociedades que abogan por el progreso integral, asientan sobre el reconocimiento de la persona y sobre la búsqueda del bien común aspectos que tienen en la familia su mayor aliado.

Bibliografía[editar | editar código]

  • G. Campanini, Realtà e problemi della famiglia contemporanea, Milán 1990
  • Pontificio Consejo para la Familia, Sexualidad humana: verdad y significado. Orientaciones edicativas, Ciudad del Vaticano 1995
  • D, Tettamanzi, La famiglia via della Chiesa, Turín 1996
  • A. Sarmiento, El matrimonio cristiano, Pamplona 1997
  • G. Flórez, Matrimonio y Familia, BAC, Madrid, 2001
  • Pontificio Consejo para la Familia, Enchiridion a cargo de A. Sarmiento, Madrid 2004
  • Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia, Madrid, 2005

Notas[editar | editar código]

  1. Simón Vázquez, Carlos (Mayo 2012). «Voz: Familia». Simón Vázquez, Carlos, ed. Nuevo Diccionario De Bioética (2 edición) (Monte Carmelo).