Calidad de vida

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La expresión Calidad de Vida ha venido cobrando mayor importancia con el paso del tiempo, también en el mundo de la Medicina a donde llegó tardíamente. El origen del concepto sin embargo no se encuentra en las ciencias de la salud: después de la II Guerra Mundial, con la motivación de propiciar un mayor desarrollo económico y social, fue cobrando fuerza la necesidad de elevar el bienestar de las poblaciones, principalmente occidentales.

Pero la expresión, a partir de los años setenta, fue adquiriendo popularidad, sobre todo en el ámbito anglosajón, a partir de su paralelismo con la definición de salud que adoptó la Organización Mundial de la Salud, en la que el bienestar pasó a ser una exigencia de la misma salud.

La incursión del concepto Calidad de Vida en el terreno de las ciencias de la vida y de salud ha traído, sin embargo, secuelas derivadas de su mismo origen: sus aplicaciones en las especialidades y subespecialidades médicas, en salud pública y en el diseño de políticas de salud, han revelado la ambigüedad que el concepto encierra en sí mismo. Esta característica es más patente cuando los profesionales de la salud tienen que tomar decisiones terapéuticas: principalmente durante el periodo perinatal y con pacientes crónicos o en estado de enfermedad terminal, cuando hay necesidad de aplicar cuidados paliativos.

En las sociedades de occidente, que se han venido desarrollando desde la segunda mitad del siglo pasado, y se están presentando fenómenos que, como el consumo, sobrepasan las necesidades y hacen que el progreso se tienda a identificar con el bienestar. Estos fenómenos han cambiado poco a poco a las familias y a las mismas personas que hacen parte de ellas, al establecer patrones de vida distintos y modos de ver el mundo que hasta ese momento eran inéditos.

Al tener cubiertas las necesidades básicas (vivienda, alimentación, salud y educación) las familias y las sociedades actuales -a través del consumo- tienden a convertir en esclavos a quienes las conforman, mediante un nuevo tipo de alienación: el tener. Buena parte de las personas ahora trabajan no para vivir y recibir una gratificación -también interior- por lo que hacen, sino que trabajan para poder consumir. Los nuevos indicadores de felicidad y de bienestar están directamente relacionados más con el tener que con el ser y ellos hacen –ayudados por la publicidad- que se estimule un voraz apetito por consumir. El antiguo aforismo cartesiano que inauguró el proyecto racionalista “pienso, luego existo” ha venido siendo sustituido por otro: “compro, luego existo”[1], que está produciendo unos resultados tan deletéreos como el primero.

Es necesario buscar un concepto más personalista y menos economicista para la Calidad de Vida, lo que hace necesario profundizar en las bases de tal concepto, su desarrollo histórico, las desviaciones de las que ha sido objeto y proponer una manera distinta para su abordaje.

En 1994 la Organización Mundial de la Salud[2] hace un significativo aporte al ofrecer un concepto de calidad de vida como “la percepción de un individuo de su posición en la vida, en el contexto cultural y el sistema de valores en que vive, en relación con sus metas, objetivos, expectativas, valores y preocupaciones” [3]. A partir de allí se elaboró otro concepto más próximo a la práctica clínica, la Calidad de Vida Relacionada con la Salud (CVRS): “Percepción subjetiva, influenciada por el estado de salud actual, de la capacidad para realizar aquellas actividades importantes para el individuo” (Schumaker y Naughton).

Estas definiciones suponen un notable avance, pues remiten a una formulación de la Calidad de Vida que parecería no sujeta a patrones economicistas, pues contiene valiosos elementos de matriz subjetiva, al caracterizar la calidad de vida como una percepción que la persona tiene de sí misma en relación con su entorno, con unos componentes como los descritos por Flanagan[4] que van más allá de los relacionados con lo directamente material, que por otra parte no se han de dejar de tener en cuenta.

Pero estos conceptos no están del todo totalmente definidos[4] y esta falta de definición es seguida por aplicaciones erróneas de ellos, con unas consecuencias más o menos nefastas para las personas y para las familias que conforman. Todos estos elementos parecen apoyarse en el principio de autonomía y a partir de su ejercicio surgen esas percepciones de la persona que constituirían la “masa crítica” de lo que sería la Calidad de Vida. Pero hay necesidad de profundizar en el fenómeno de la exaltación del principio de la autonomía y sus consecuencias cuando no se maneja adecuadamente. Esta tarea ha de acometerse sin dejar de lado el contexto en el que se expresa la persona autónoma, pues ese contexto parecería que condiciona y refuerza este principio, ya que el hombre del siglo XXI está inmerso en el proceloso mar de la globalización y hasta cierto punto debe aprender a protegerse de ella. El ariete de la globalización es el modelo económico imperante que empuja a personas, familias y sociedades enteras a adoptar medios de defensa. Uno de los medios es la hipertrofia de la autonomía.

Sin embargo, al tener en cuenta la subjetividad en el momento de establecer los parámetros de la Calidad de Vida no se puede querer decir que se deje de lado la objetividad: el componente subjetivo ha de estar dentro del marco de unos parámetros éticos de referencia, que faciliten la adhesión de la autonomía personal con el ejercicio responsable de la libertad, dentro de un contexto social y cultural que no demande una innecesaria magnificación del principio de autonomía.

Al ser la calidad, en sentido estricto, un atributo de la vida personal ha de ser evaluada con instrumentos que tengan en cuenta una reflexión sobre la vida misma y su contexto, y no primariamente desde la autonomía personal.

Variadas aproximaciones se pueden hacer a la expresión Calidad de Vida y de la crítica que se haga de ellas dependerá su adecuada aplicación a los casos concretos de esa categoría. No hay que olvidar, sin embargo, que en esa reflexión no pueden desconocerse los aportes que pueden ofrecer los estudios económicos globales de costo/beneficio (que son aquellos que aplican el concepto de Calidad de Vida), pues cuando son ejecutados de modo correcto contribuyen a que la gestión en salud pública y la economía sanitaria en general estén al servicio de las personas: en estos terrenos se ha de conservar también el principio según el cual la economía ha de ser siempre instrumental respecto a las personas.

Una breve reflexión sobre la construcción misma de la expresión Calidad de Vida. Al agregar la palabra “calidad” al valor “vida” se puede dar implícitamente a entender que existen vidas con una mayor o menor calidad, con el consiguiente resultado de establecer un criterio de diferenciación o de discriminación. Esta es una vía por la que en el fondo se está negando el valor intrínseco de cada vida humana, pues la premisa de que puedan existir vidas de diferentes calidades hace posible afirmar –como de hecho se hace de manera corriente en la práctica clínica- que no vale la pena vivir o defender o proteger una vida que no tenga la “suficiente” calidad.

Otro aspecto que demanda análisis es el equívoco que la expresión Calidad de Vida produce al oponerla al concepto de santidad de vida o sacralizad de la vida. Como lo señala Herranz, “el movimiento a favor de la Calidad de Vida nació, repleto de beneficiosas promesas, para inspirar la mejora cualitativa de los tratamientos médicos, pero, paradójicamente, la Calidad de Vida erigida por algunos en criterio normativo supremo introduce, como caballo de Troya, no en la teoría ética, sino en la práctica clínica, una antinomia tremendamente peligrosa entre calidad y santidad de vida”[5]. La raíz de esta falsa oposición se encuentra en el relativismo de la filosofía utilitarista, pero también en el pragmatismo y en el mismo evolucionismo.

Bajo la premisa utilitarista de maximizar el placer y reducir el dolor para el mayor número de personas, el sufrimiento humano ha dejado de tener sentido y es considerado de modo equivocado como algo absurdo y hasta inmoral[6]. Por el contrario, el uso corriente de la expresión Calidad de Vida según esa forma utilitarista puede llegar a identificar lo placentero como lo éticamente correcto.

Estas reflexiones contribuyen a mostrar la ambigüedad que el concepto de Calidad de Vida lleva consigo, lo que hace necesario despojarlo de los componentes que lesionan al hombre, a la familia y a la sociedad e intentar ofrecer una alternativa que tenga en cuenta la dignidad trascendente de la persona y la función verdadera de la sociedad. Así la calidad de vida pasará de ser un espectro del consumismo a una aspiración legítima.


Notas[editar | editar código]

  1. Fresneda, C. La vida simple. Planeta. Barcelona, 1998, p. 85
  2. A través del Grupo WHOQOL (World Healt Organization Quality of life)
  3. Cfr. González, J. Calidad de vida relacionada con la salud. OMS, Grupo WHOQOL, 1994
  4. 4,0 4,1 Cfr. . Schwartzmann, L. Calidad de Vida Relacionada con la Salud. Seminario Introductorio. Departamento de Psicología Clínica, Facultad de Medicina, Universidad de la República Oriental del Uruguay, 2002
  5. Herranz, G. La ética médica ante la vida humana: entre el respeto y el cálculo. Biogenética, aspectos culturales, científicos y éticos, Bogotá, 1992, 139 – 156
  6. Herranz, G. Ciencia biomédica y Calidad de Vida. Vida y Pensamiento, 1986, 6, 415 - 424