Cultura de la muerte

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Concepto e introducción[editar | editar código]

La cultura de muerte es una visión social que considera la muerte de los seres humanos con agrado, lo cual se puede definir en una serie de actitudes, comportamientos, instituciones y leyes que la favorecen y la provocan.

A través del Magisterio del Papa Juan Pablo II se ha popularizado el concepto “cultura de la muerte” para referirse a una tendencia-ideología que reduce al hombre y que permite su cosificación, manipulación y exterminio al ser considerado como un medio y no como un fin en sí mismo. En oposición a la cultura de la vida, defensora de la vida humana desde el zigoto a la muerte natural de cualquier ser humano, la cultura de la muerte promueve:

  • La anticoncepción.
  • El aborto.
  • La manipulación embrionaria.
  • La eugenesia.
  • Los niños-medicamento.
  • Los niños-soldados.
  • La droga.
  • La relativización del sexo.
  • La esclavitud.
  • La guerra.
  • La esterilización.
  • La eutanasia.
  • La pena de muerte.
  • Los sacrificios humanos... Actitud negativa del hombre ante el hombre, que no es nueva.

Desde los más remotos tiempos y en las más apartadas culturas, la muerte ha campado a sus anchas sin importar el dolor y el sufrimiento a causar. Pero la diferencia entre los tiempos pasados y hoy, es que entonces muchas de esas conductas eran consecuencia del mito, de la superstición y del temor a la propia muerte, y, sobre todo, del desconocimiento sobre el ser humano. Actualmente, ocurren desde la más fría racionalidad, desde el más avanzado conocimiento científico y desde una ética de mínimos por la que se rebaja el hombre a objeto y como a tal se le trata, o en la que cabe un egoísmo tan fuerte que, aun de forma inconsciente, no importa la muerte del otro si a cambio la persona ejecutora vive más, como se ha podido escuchar directamente más de una vez. Sin embargo, mirando el pasado, es posible darse cuenta de que lo natural ha sido primar la vida, y que, también, precisamente cuando ha faltado la Luz en la sociedad, y la conciencia del verdadero ser humano se ha obnubilado, es cuando se han cometido las mayores atrocidades del hombre contra el hombre, cuando se ha practicado la cultura de la muerte.

Una reflexión ante la muerte[editar | editar código]

Ante la muerte, el sufrimiento y el dolor el hombre ha reaccionado de diferentes maneras desde la más temprana historia de la humanidad. La forma de reaccionar ante la muerte, y ante la vida, habla de cómo es un pueblo, una cultura y una civilización, y sobre todo de cómo es el hombre. Somos la única especie consciente de la propia muerte, y de lo que esto lleva implícito: no solo de la propia finitud sino también de la de los demás, de la de otros seres vivos y de la del universo en general. La inevitable muerte es un misterio para el hombre, algo que no entiende pero que está ahí, y, minimizar los estragos del tiempo o retrasar la hora final no sirve de nada. Ante la muerte hay respuestas variables, pero solo una respuesta es la verdadera: aquella que respeta la auténtica dignidad del hombre: la respuesta que da sentido a la vida. Verdaderamente las personas se retratan ante la muerte, propia o ajena, porque ante la muerte solo cabe un sentido de trascendencia, el ir más allá de ellos mismos venciendo al espacio y al tiempo, a la inexorable entropía del universo, y a unos fuertes instintos egoístas. Y ese sentido de trascendencia depende de cada persona en particular, del uso de su libertad. Pueden estar confundiendo trascendencia con mera inmortalidad hasta el extremo de negar ésta por una consumación en la nada, es posible encerrarse en un carpe diem plagado de angustia vital aunque aparente lo contrario, o plegarse al recuerdo que dejará en la mente de deudos y amigos, a la pasajera fama universal, o a la divinización pagana. O por el contrario, puede trascender en la verdadera entrega amorosa, que siempre será inmortal. El sentido de trascendencia será verdadero o falso en función de cuanto se engañen ante la muerte, de si han perdido o no el sentido de la vida, de si son capaces de ver un “yo” en otro ser humano indistintamente de su aspecto externo y de amarlo hasta el extremo. Es la opción que busca el verdadero bien de otra persona, lejos del llamado bienestar social que el mundo de hoy basa en la llamada “calidad de vida”, material, relativista, egoísta y subjetiva.

No extraña pues, que la muerte, a veces, también sea querida, deseo que se disfraza bajo tintes altruistas e incluso trascendentes. La guerra, los genocidios o los sacrificios rituales, desgraciadamente, forman parte de la historia de la humanidad, y son muchas veces que se ha oído hablar de “guerra justa”, o de “derechos humanos”, por ejemplo, de las mujeres, que justifican un genocidio millonario en vidas, y en intereses, como el del aborto de los propios hijos. Buscando la inmortalidad, y hasta la divinización, muchas veces se ha matado a los semejantes. O buscando sus riquezas, o ambicionando sus tierras, o simplemente porque eran molestos o ya no servían para nada, no producían, y “no merecían” vivir. Muchas veces, en nombre de la ley, como en la aplicación de la famosa Ley del Talión: “ojo por ojo y diente por diente”, o muerte por muerte. O en sangrientos espectáculos... Porque la crueldad y la venganza son tan propios de la humanidad como el amor y la compasión. Quizás más fáciles de ejercer, si cabe, porque se relacionan con fuertes instintos que, como animales, se han heredado de los antepasados: la violencia mata para la lucha por la supervivencia, por los alimentos y por la reproducción, por la hembra, por la defensa del territorio, de la familia, etc. Pero además, el hombre también mata por placer, lo que ya no hace ningún otro animal; un placer frío y refinado que se desliga del puro instinto para convertirse en voluntad, y que puede explicarse por un sentido de trascendencia perverso. Y, ¡hasta se puede desear la muerte propia cuando se ha perdido el sentido de la vida!, cuando se está deprimido por cualquier causa y no aflora la esperanza; o cuando se está desesperadamente solo; situaciones en las que es más fuerte la tendencia egoísta a perder de vista un problema que agobia frente al deseo de inmortalidad, en las que aparece el suicidio como única solución.

También existe un sentido de trascendencia que rebasa las “fronteras” de este mundo: la fe en un “más allá”, en un más allá más justo que consuele de los sinsabores de la existencia, y donde se vivirá para siempre felices sin la angustia de una vida que se acaba, porque la muerte allí no tiene ya cabida. Y en un Dios de vida y de verdad que haga justicia a las penas de este mundo.

Hay muchas formas de interpretar este más allá, esta “vida después de la vida”, manifestado en los diferentes tipos de religiones, filosofías y culturas que desde la más remota antigüedad están intentando dar respuesta a la presencia de la muerte. El hombre no se resigna a morir, nunca se ha resignado. Por eso no se entiende que en determinados momentos de la historia de la humanidad se frivolice con ella, como ahora, o se minimice a la persona humana a fin de convertirla en medio para ciertos actos cuyo fin puede llevar aparejado su sacrificio, como en la fabricación de niños-medicamento. ¿Cómo compaginar la defensa de la dignidad humana con la institucionalización de la muerte?, ¿a dónde camina nuestra sociedad? Cuando el amor desaparece del horizonte de nuestra vida, el egoísmo triunfa, cada persona se convierte en un rival que me va a privar de algo, y su muerte se convierte casi en una necesidad. El amor auténtico es el sentido de la vida, por él los sentimientos más nobles afloran; y no solo se busca el bien propio sino el de los demás. Un bien que no se asocia a la muerte sino a la vida, y que busca además el esplendor de esa vida.

La actitud ante la muerte es la clave para comprender la propia humanidad, y para decidir quién es humano y qué no por naturaleza. Ante la muerte solo cabe un sentido de trascendencia, por muy diluído que se encuentre, como ocurre en el mundo de hoy, y por mucho que se cierren los ojos. En el fondo, ocultar la muerte es reconocer que sigue ahí, que siempre está llamando a la puerta. Y esto ya lo supo el primer hombre. Al estudiar el registro fósil no se encontró signos de enterramiento voluntario nada más que en esta especie, Homo sapiens.

Aunque sin fundamento de ningún tipo, se ha tratado de identificar en otras especies el reconocimiento de la muerte como algo inevitable, incluso cierto sentido de trascendencia y de religiosidad, en un igualitarismo imposible. Vano intento propio de la cultura de la muerte, que, en ese afán de desantropomorfizar todo, desantropomorfiza también a los demás, a as persona las rebaja, las anula, y las iguala con los grandes simios (Singer, 1998), o con cualquier ente del universo (Carta de la Tierra[1]), y fomenta las hibridaciones y quimeras hombre-animal. Rebajar al hombre de su natural humanidad es reducirlo, y el más claro ejemplo de que el ser humano es una especie única y diferente se puede constatar ya en los Homo sapiens del Paleolítico que, cuando convivieron en los mismos parajes con los neandertales o con los erectus no se hibridaron con ellos, no los reconocieron como un “tú”, como otro “yo”, sino como a meros animales. Solo una cultura perversa, como la que se trata de imponer para el tercer milenio, puede caer en la aberración de negar al hombre su propia y exclusiva humanidad en cualquier estadio de su vida.

La idea de un “más allá” ya existía en la Edad de Piedra, lo que acarreaba una vida de bondad en el “más acá” para merecerlo. Todo yacimiento Homo sapiens, salvo accidente, es una tumba, y en esa tumba hay ajuar. Y sobre todo hay respeto. En los enterramientos, desde siempre, lo más característico es el sentido de trascendencia al que obedecía este, y el de unir al fallecido con los seres queridos con los que en vida se relacionó. Por eso, desde muy pronto, aparecen sepulturas familiares. Recientemente se han descubierto en Alemania algunas en que aparecen reunidos padre-madre-hijos. El acontecimiento parece obedecer a un hecho violento previo, tal vez un asalto al poblado por otra tribu tras el que los supervivientes, al volver, pasada la agresión, dieron sepultura con todo respeto y amor a los que no tuvieron tal suerte. La disposición de los cuerpos, en actitud de unión y cariño entre los esposos e hijos, trata de indicar cuánto se amaron en vida ¡hace 30.000 años! También en esta época se han descubierto tumbas de madres con sus hijos recién nacidos, o de madres que abortaron espontáneamente, y en ello les fue la vida, con el feto en su regazo. Son tumbas que más que de muerte hablan de vida y de amor, de mucho amor, de auténtica y verdadera “cultura de la vida”.

El hecho de ver en el otro, aun en el feto, a otro “yo”, queda también patente en el cuidado que daban a los enfermos, sin criterios de edad prevaleciente: Hay ancianos desdentados que debieron necesitar que antes alguien les desmenuzara la comida. Hay niños con minusvalías congénitas que solo pudieron sobrevivir gracias a los cuidados de los demás. Y hay tullidos que difícilmente podrían haberse manejado para lo más indispensable de no haber sido amorosamente tratados. Estas conductas de Homo sapiens, llegan a su culmen a través del descubrimiento de una medicina y cirugía rudimentarias que amplían las posibilidades de sobrevivir, pero sobre todo por la capacidad de amar, única, como persona que son, a diferencia de los predecesores. En las primeras culturas hay un gran respeto hacia la vida, hacia el prójimo. Todo hombre tiene valor por el mero hecho de serlo. Las cualidades tan humanas que se ven en la atención al otro, van parejas al sentido de trascendencia que le es propio y distintivo del hombre, no solo en los enterramientos y en lo que señalan los fósiles, sino en el arte. La figura humana, realmente bella, tallada preferentemente en marfil (desde hace más de 30.000 años), deja ver también la preocupación y el interés hacia el hombre. La mujer es casi divinizada en estado de buena esperanza. Las venus paleolíticas representan, sobre todo, matronas con los rasgos de la fertilidad exagerados, indicando la sacralidad de la vida. Y el arte rupestre invita a ir más allá de estas manifestaciones puramente humanas, hacia un mundo sobrenatural que todavía no es posible de entender bien. En esas pinturas se cree que el hombre ha plasmado puertas hacia “otro mundo” por las que el sacerdote de la tribu se comunicaba con la divinidad o con los espíritus de los seres que han precedido en la muerte. Las cuevas con arte prehistórico son las catedrales del pasado. Adentrarse en un mundo subterráneo y obscuro en el que normalmente habitan alimañas peligrosas es una verdadera hazaña, o una temeridad, si no obedece a una necesidad superior: la de comunicación con el mundo que no tiene fin, donde habitan felizmente los seres queridos junto al dios que hace justicia a las penas de este mundo.

Cultura de la muerte y desarrollo humano[editar | editar código]

Uno de los principales problemas ante la muerte es que, a pesar del reconocimiento del cadáver y de la seguridad de una vida finita, se genera una angustia ante un misterio que al hombre le es incapaz de desentrañar ya que sabe de ella por la de los demás y no por experiencia propia. Siempre es el “otro” el que muere. Esta angustia es común a todos los tiempos, pueblos y culturas, y pone en movimiento toda una serie de mecanismos de defensa, creencias y ritos que intenten paliarla. La muerte es una continua amenaza en la vida de cualquier persona, aunque no se nombre, aunque se trate de ignorar, aunque se viva como si el instante final de las vidas nunca fuere a ocurrir. Y las diferentes maneras de enfocar este problema antropológico generan unas culturas de la muerte que pueden centrarse bien en:

  1. El difunto (cadáver, sepultura, ofrendas, rituales… duelo, esperanza)
  2. Los vivos (exorcismos, culpables, relación con el mundo de los muertos, prácticas espiritistas, sacrificios rituales, canibalismo, búsqueda de la inmortalidad…).
Los ritos funerarios, tanto en la sociedad oriental como en la occidental, dan testimonios de que en todas las culturas ha existido una pugna entre la vida y la muerte.

Es decir, en el preocuparse por el muerto o por la muerte. En el primer caso, la reacción será de pena, dolor, aceptación e incluso de sentido de trascendencia; en el segundo caso, la respuesta es más egoísta porque de lo que se trata es de evitar la propia muerte aprisionando la vida y el mundo en que se vive, o la de irse preparando un más allá a la medida que prolongue la actual forma de vida al tiempo que se trata de alejar del hombre esta certeza.

Generalmente, cuando se habla de cultura y antropología de la muerte, se habla de un comportamiento específicamente humano, ningún animal entierra a sus muertos. Acuden a la mente ceremonias más o menos complejas relacionadas con el tratamiento del cadáver:

  • Embellecimiento.
  • Embalsamamiento.
  • Amortajamiento.
  • Ajuar.
  • Acompañamiento.
  • Etcétera.
  • Con la inhumación.
  • Con la sepultura.
  • Con la cremación.
  • Con la exposición a los agentes naturales del mismo en un lugar sagrado, incluso con el descuartizamiento y la necrofagia.

Existen múltiples y diferentes formas de expresión, según tiempo y lugar y categoría social del difunto, para manifestar el deseo de honrar y perpetuar la memoria de los ya fallecidos y de facilitarles el tránsito a la vida eterna. Pero a veces los ritos funerarios eran forzadamente comunitarios al ampliarlos al mundo de los vivos:

¡Cuántas veces se enterró al faraón junto a alguna de sus esposas, de sus sacerdotes y escribas, de sus soldados y, sobre todo, de su servidumbre, para que también le pudieran acompañar en la otra vida!
La mutilación, hasta bien entrado el siglo XIX, ha sido considerada por muchos pueblos primitivos como muestra de pesar y tristeza, de duelo, no solo arañándose o lacerándose sino cercenándose terriblemente determinadas partes de su cuerpo, como se ha observado en América, Malasia, África y otros lugares.
Es decir, la cultura de la muerte puede llegar a degenerar al ir más allá del respeto y cuidado del cadáver, del duelo, e involucrar el asesinato de personas más o menos relacionadas con la persona muerta, degeneración que, en el extremo, lleva a una desvinculación completa del acto fúnebre y no necesita mediación de cadáver.
Los albinos, en muchas zonas de África, como en Tanzania, son sacrificados y descuartizados para fabricar amuletos de la suerte que conjuren la muerte.

Entonces de ese modo toda una serie de ritos más o menos institucionalizados, según cultura, que llevan asociados la muerte de determinadas personas en actos que pretenden dar vida. Vivir el propio proceso de la muerte es tan brutal que la sociedad tiende a pensar que nadie muere por causas naturales, e ingenuamente cree que si elimina las causas de la muerte (incluso a las personas a las que se responsabiliza y culpa de la misma, aun sin fundamento) la vencerá y alcanzará la inmortalidad. La lucha en contra de la muerte se convierte en lucha por la conservación y prolongación de la vida. Para alejar la muerte se llega a matar.

La inmortalidad mal entendida, con pasiones y deseos iguales a los que existen en vida, lleva a trasladar estos deseos y pasiones a este mundo en el afán de alcanzarla:
Las civilizaciones precolombinas mesoamericanas ofrecían sacrificios multitudinarios en este sentido. En Florida se sacrificaban los primogénitos al dios Sol.
En México, desde los olmecas a los aztecas, se realizaban múltiples sacrificios humanos que acababan con la ingestión del cadáver tras la del corazón, ¡hasta 20.000 al año!, lo que obligaba a declarar la guerra a otros pueblos para obtener prisioneros e incluso ¡a matar a los propios hijos!
Todos los pueblos del Oriente Medio sacrificaban niños a Moloc-Baal. La antigua Cartago, una de las civilizaciones más sanguinarias que han existido, superaba a todas: ¡se sacrificaban sistemáticamente todos los primogénitos al nacer, bajo la mano de su propio padre! Y de estas prácticas criminales no se libraron ni Grecia ni Roma.
En el antiguo Egipto ahogaban todos los años a una muchacha en el Nilo.
Los galos inmolaban personas no solo en las festividades religiosas sino en caso de enfermedad; la necesidad de sacrificios humanos era un dogma establecido por los druidas. Muchas veces las víctimas incluso se ofrecían voluntariamente.
Los pueblos de Asia sacrificaban a un hombre al llegar a cierta edad junto a diferentes animales, cocían las carnes de todas las víctimas y se las comían en un gran festín.
En la India se ofrecían hombres a Kaly y otros dioses, y los brahmanes contemplaban con regocijo el sacrifico de las viudas en las piras funerarias de sus esposos.
En el Japón antiguo se ofrecían sacrificios humanos a las divinidades malévolas, como el Dragón de las Nueve Cabezas. En Dahomey sacrificaban a los prisioneros de guerra, que después descuartizaban y comían. También se los ofrecían en cestas al pueblo como regalo con fin culinario-alimenticio. Costumbre también extendida en África donde en países como Liberia, Zaire, Biafra, y otros, se ha llegado a sacrificar a los propios hijos al demonio.

En otro orden de cosas, pero también ligado a la enfermedad de una persona, y a su irremisible fallecimiento si esta no cura, son los sacrificios de hermanos menores para alimentar al mayor, costumbre milenaria que todavía hoy perdura en algunas aldeas de China. Y, en la misma línea, hoy, en la avanzada y tecnológica civilización, se fabrican niños, mediante fertilización in vitro, que sirven de “medicamento” al hermano enfermo; operación en la que se desechan, se sacrifican, los niños sanos, que no son histocompatibles con el hermano al que se pretende curar, a los que se les niega el derecho a nacer. Por ejemplo: La Ley de Investigación Biomédica vigente en España también permite, si se considera que la investigación es de interés para la salud de terceros, experimentar con menores, deficientes e inconscientes, aunque la experimentación les conduzca a la muerte, aunque no consiga el resultado esperado. También la clonación mal llamada “terapeútica” de seres humanos con fines clínicos, e industriales y comerciales; es decir, de personas (como demuestra la ciencia) que son engendradas solo para morir. Es más, la Unión Europea pretende aprobar que las investigaciones y experimentaciones clínicas se realicen a partir de ahora preferentemente sobre niños no nacidos a sobre animales. El parlamento inglés ha aprobado la creación de híbridos de hombre-vaca con fines de investigación-experimentación… No hay nada nuevo bajo el sol, los sacrificios humanos continúan, a la muerte de unos se pretende vencer con la muerte de otros en una batalla que de antemano está perdida, porque por mucho que avance la ciencia, la medicina y la tecnología, por mucho que se prolongue una vida humana, o por mucho que se silencie la conciencia, nunca se acabará con la muerte.

El infanticidio ha sido otra constante en la historia de Homo sapiens: cananeos, fenicios, cartagineses, e incluso israelitas.

  • Las causas del infanticidio y del aborto van de la pobreza a la enfermedad de un hermano con el que se alimenta al niño.
  • La superstición, como entre los mogoles de China, donde se mata a las niñas para que su alma se reencarne en forma de niño.
  • En Esparta se lanzaba desde el Monte Taigeto a los niños débiles o con malformaciones.
  • Platón mandaba matar niños no robustos.
  • Roma concedía a los padres el derecho a decidir sobre la vida o la muerte de sus hijos (y el de venderlos a su antojo).
  • En África la vida de los niños dependía del hechicero de la tribu, que dirimía su probable y futura bondad o maldad en el momento del nacimiento, aunque en caso de parto gemelar se asesinaba a ambos.
  • En América, a principios del siglo XX, existía esta costumbre entre los indios majos de Bolivia y entre los de California. Algo similar ocurre entre los esquimales de Groenlandia y Canadá.
  • En China las matronas, todavía en el siglo XX, introducían a los niños en un caldero de agua hirviendo al nacer, los arrojaban a los ríos, los ahogaban con almohadones, o los mataban de otras maneras.

Hoy, la política del hijo único no ha hecho desaparecer estas prácticas reprobables. Y no le quedan a la zaga India e Indochina, donde los niños morían a miles. E igualmente el Pacífico y la Polinesia. Europa, gracias a su cristianización temprana, perdió estas bárbaras costumbres. Con el auge del materialismo, las culturas de la muerte centradas en el finado han dado paso a las culturas de la muerte, perversas, en las que la vida de determinados seres humanos no importa porque se han convertido en medio, y han dejado de ser fin en sí mismas. el medio de facilitar la supervivencia de ciertas personas e incluso de ciertos animales.

Nace una nueva visión del hombre y de la muerte que encubre un egoísmo más o menos manifiesto de cualquier índole, hasta el extremo de que las instituciones justifican y legalizan ciertos crímenes bajo un sentimentalismo piadoso, o, lo que es más terrible, como “derecho humano” del egoísta, Así las cosas, es preciso camuflar la palabra asesinato por otro nombre que no despierte a la conciencia, como si el hecho de cambiar de nombre hiciera menos monstruoso ese acto. De igual manera la “interrupción voluntaria del embarazo”, y preferentemente, de forma más enmascarada, se denomina a este acto criminal solamente por las siglas: “IVE”. Y hacerse una IVE se ha convertido en un “derecho humano” de las mujeres, de las madres, mientras nadie se acuerda de los hijos, de su derecho a nacer.

Pero hay otra cuestión ligada a la muerte que también perturba, la vejez. La muerte es un proceso natural de desgaste del propio organismo, escrita en nuestros genes, de tal manera que cada célula de nuestro cuerpo, como la de cualquier otro ser vivo, lleva un programa de autodestrucción conocido como proceso de apoptosis. Es el precio que pagamos los organismos por tener sexo. Todo ser vivo sexuado pasa por varias fases desde el zigoto a la muerte, a la que precede la etapa de degeneración o senectud. Y muchas culturas no aceptan esta etapa de degeneración en que el ser humano se vuelve gravoso, y porque la proximidad del final de su vida les recuerda a los demás el suyo propio. Este es otro de los problemas que provoca la muerte cuando esta no se acepta: el que la extinción de otra persona hable continuamente de la propia e inevitable extinción. Y la negación de la misma aparece de nuevo en escena no aceptándose tampoco al enfermo o al anciano. Muchos son los pueblos primitivos que se han desecho de sus ancianos ante la escasez de recursos, pero, la civilización actual, Occidente, rechaza la vejez y sobrevalora la belleza y juventud hasta el extremo; dándose, sin embargo, la paradoja de que es una sociedad generadora de “mayores” (como eufemísticamente se les tiende a llamar para huir de la decrepitud implícita en el término anciano) en la que la pirámide poblacional está invertida. En una sociedad consumista y materialista, el anciano, o el enfermo desahuciado, son vistos como cargas improductivas que provocan devaluación, indiferencia y abandono, soledad, por lo que el fantasma de la eutanasia ha hecho su aparición después de haberse considerado durante siglos propio de civilizaciones inferiores en las que no se da valor al individuo frente a la comunidad, como las polinesias: donde la eutanasia tiene fuerza de ley junto al infanticidio y al aborto por una cuestión de recursos. El pensamiento moderno, sin embargo, va más lejos. Defiende la eutanasia como un “derecho del hombre” bajo el paraguas de una caridad humana mal entendida porque se supone que un ser humano con deformidad, accidente desgraciado, enfermedad incurable o decrepitud, sufre enormemente, y en la muerte encuentra el único consuelo, sin darse cuenta de que la vida es un bien, el mayor bien, y de que merece la pena vivir, aun con defectos, a no vivir. Por eso, también, al asesinato del anciano, del deficiente, del inconsciente (coma profundo), o del enfermo, del ser humano no productivo, se le denomina “eutanasia” (literalmente “verdadera muerte”). Hoy se prefiere hablar de “muerte digna”.

Hoy aparece una nueva cara de la muerte de la que se habla mucho: “la muerte planetaria”, una apreciación exclusivamente humana ya que ningún animal se preocupa por el planeta en que vive. Y la cultura de la muerte se ha interesado por ella en ese afán de dar prioridad a cualquier ente del universo que no sea humano. La ecología radical se ha convertido en la nueva religión universal que, impregnada de nuevas supersticiones, puede alcanzar altas cotas de genocidios. Camufladas como “nuevos derechos humanos” exigen la supremacía de la sociedad frente al individuo, especialmente la del resto de la comunidad viva del planeta en que se vive, y el consecuente y férreo control de la población humana. Resucita así, con aires de consenso legal, el culto a la Madre-Tierra de las antiguas civilizaciones, a la que el Homo sapiens puede ser sacrificado. Ante la contaminación y otros problemas ambientales se ha hecho creer a la sociedad que el hombre es la causa de todos los males del planeta, el cáncer de la Tierra, y que hay que controlarlo, atajarlo y extirparlo. Por eso, cuando se legisla para salvar a la Tierra de un imaginario peligro que vende la “Ecología del Miedo”, de lo primero que se habla es de reducir la población mundial. Y ya se conoce cómo: anticoncepción, aborto, esterilización, eutanasia… e incluso “política del hijo único”, como en China. Las, ya demostradas erróneas, tesis de Malthus siguen haciendo furor como si los recursos naturales del planeta estuvieren a punto de agotarse. El Informe Kissinger, la Carta de la Tierra o los Objetivos del Milenio, y otros documentos en los que el “desarrollo sostenible” parece condicionado por el número de habitantes del planeta, son una pequeña muestra del sentir general. Programas de ayuda de la ONU a países en desarrollo están sometidos a la aceptación previa de una política antinatalista que, además de abortos, implica esterilizaciones masivas de mujeres-niñas, a veces sin su consentimiento y conocimiento, y sobre todo, si de esa manera se evita que ciertos recursos naturales, riquísimos y específicos de los países del llamado Tercer Mundo, sean explotados por los naturales de ese país o región. Y son causa de otros genocidios actuales de los que no se habla para que nadie se pregunte el por qué de ellos ya que, además de reducir la población mundial, entrañan un gran negocio:

  • Las guerras étnicas y endémicas de África.
  • Las hambrunas generalizadas.
  • La prostitución infantil.
  • El tráfico de órganos humanos.
  • La aberración de los niños-soldados.
  • Las enfermedades curables que se convierten en endémicas.
  • Algunas persecuciones religiosas.
  • y un largo etcétera.

La nueva faceta de la cultura de la muerte cursa con menoscabo de la realidad humana en todos los ámbitos y entraña la muerte del hombre en cuanto hombre, no la transformación de un vivo en un cadáver sino la negación del núcleo de la humanidad. Durante el siglo XX se ha ido gestando una nueva ideología que, basada en la lucha de clases propuesta por Marx y en la liberación del “ser mujer” que persigue el feminismo radical, pretende subvertir la naturaleza humana para que cada ser humano pueda elegir “su” naturaleza al margen de las condiciones genéticas. Así, independientemente de lo que marque la biología del desarrollo corporal (inscrita en el plan de formación de cada especie), de la mente adecuada al mismo, y del núcleo espiritual que lo rige en correspondencia, propio y exclusivo del Homo sapiens, esta ideología, la Perspectiva de Género, propone el violentamiento de nuestra unidad-totalidad-relacional en aras de una elección generalmente imposible.

Es la negación de lo personal-humano y la enfatización de la animalidad instintiva. Y trata de imponerse desde la más tierna infancia, cuando el ser humano todavía se está formando, cuando es moldeable, cuando su personalidad aún no está cerrada, cuando el niño desconoce lo que significa la elección en uno u otro sentido y el daño irreparable que le causará. Promueve una sexualidad “polimorfa” e indiscriminada sin límites de edad, sexo o ente, de tal envergadura que es la más potente herramienta para matar el alma de nuestros niños. Frente a la verdadera educación que desarrolla integralmente a la persona, poniendo la atención en el plano espiritual, centro de acción de la persona y núcleo del “yo”, esta ideología se centra en el estrato anímico: en las emociones, sentimientos e instintos. En La Carta de la Tierra, en las propuestas de Desarrollo Sostenible, o en los Objetivos del Milenio, se habla más de instaurar la ideología o perspectiva de género, como nuevo derecho humano de consenso, que de reducir la contaminación en los ríos. Recordando las palabras de Jesucristo: “no temáis a los que matan el cuerpo, guardaos más de los que matan el alma”, al darse cuenta de que el mayor peligro de muerte institucionalizada no viene de una cultura de la muerte perversa, en el sentido corporal, sino de la Ideología de Género, verdadero Caballo de Troya que subrepticiamente trata de desnaturalizar al hombre. La Equidad de Género, como también se le llama, equipara al hombre con cualquier otro ser del universo, se rebela contra las leyes de la naturaleza y propone, como consecuencia de nuestra libertad, el elegir lo que quiere ser, aunque sea antinatural: “Como el ser hombre o mujer es cuestión de elección, indistintamente de como se haya nacido, se puede practicar el sexo de forma deshumanizada con todo aquello que provoque placer: persona, animal o cosa, hombre, mujer o niño, cada vez a una edad más temprana y sin cortapisas de ningún tipo”. Trata, asimismo, de desvincular a la mujer de la maternidad, para lo que los hijos deben concebirse por técnicas artificiales y, en cuanto sea posible, cederlos a otros úteros (animales o artificiales) que los incuben. Y recurre al Estado para que, tras su nacimiento, se encargue exclusivamente de la educación de los hijos. De esta manera la familia deja de tener sentido y debe desaparecer, y la mujer quede plenamente liberada de esta carga. Para que la liberación sea mayor, promueve un sistema de anticoncepción brutal que incluye el aborto y la esterilización. Se hace así realidad la utopía narrada en “Un Mundo Feliz”, de A.Huxley (1932), en la que los hombres, mujeres y niños eran marionetas abocadas a la promiscuidad sexual para mantener la estabilidad social, y en el que a partir de cierta edad se sometían obligatoriamente a la eutanasia. Pero en la sociedad, mediante la aceptación de la Ideología o Equidad de Género, todo estaría mucho más trastocado para poder hacer realidad la práctica de una sexualidad polimórfica. Esta ideología ya está infiltrada en muchos sistemas legales a través de las leyes del matrimonio homosexual, de reproducción asistida, del aborto, de anticoncepción, de divorcio, de educación y otras (es posible recordar que se ha solicitado al parlamento británico la aprobación de implantar embriones humanos en vacas) y está en estudio ser considerada como nuevo “derecho humano”, lo que la convertiría en imposición dictatorial.

Finalmente, dentro de esta cultura de la muerte que parece avanzar de manera imparable, está la cuestión de los “nuevos derechos humanos”, subjetivos, de consenso, no acabados, relativistas, cambiables y sometidos al poder de turno. La luz siempre se ha abierto paso entre las tinieblas: La Ley del Talión, que exigía el “ojo por ojo y diente por diente”, con todo el horror que hoy puede producir esto, fue un gran paso adelante al limitar la venganza a la cuantía de la ofensa. Antes de ella, por sacar un ojo a una persona, se podía matar impunemente al autor del delito, e incluso a toda su inocente familia. El Código de Hammurabi[2] se preocupó hace casi cuarenta siglos de proteger a la viuda, al huérfano y al forastero. Y la razón griega, el derecho romano, el fuero godo… permitieron avanzar en la aplicación de sentencias cada vez más justas. Códigos jurídicos que, aunque imperfectos, han ido permitiendo el paso sucesivo hacia una humanidad cada vez más justa y más humana, en la que se valoraba más al hombre y se respetaba más su vida. La Declaración Universal de los Derechos Humanos auspiciada por la ONU (1948)[3], y aceptada por casi todas las naciones, ha sido el paso último por el que de nuevo la vida del Homo sapiens vuelve a ser sacralizada (artículo 3). Sin embargo, en la actualidad, esta Declaración está en entredicho. Voces “autorizadas”, ONGs, y la propia ONU trabajan para declarar “nuevos derechos humanos” afines a una ética de mínimos relativista y al pensamiento único dominante. Sobre los derechos naturales se imponen los derechos positivos, acordados por el poder mayoritario en una nueva revisión del concepto de democracia: Son los llamados Nuevos Derechos Humanos Emergentes, basados en el egoísmo y en el utilitarismo, cuya imposición llenará el mundo de dolor, sufrimiento y muerte. El ser humano ya no tiene derecho a la vida, es más, otros, por ocultos intereses, tienen derecho a suprimirle, sobre todo si no puede defenderse de la agresión, si no es útil, si no produce, si no interesa… o incluso se convierte en material de experimentación-investigación, de industria o de mercado, cotizable en bolsa (caso de los embriones abandonados o clonados). Por eso, además de la ideología de género, como nuevos derechos humanos, están propuestos: el aborto, la eutanasia, el divorcio, la anticoncepción, la eugenesia, etc. que, una vez impuestos, serán de cumplimiento obligatorio para todos sin dejar el más mínimo resquicio a la objeción de conciencia. Es decir, la cultura de la muerte se convierte en jurisprudencia de la muerte por la que podrán ser perseguidos los defensores de la vida. Algo inaudito y nuevo en la historia de la humanidad.

Causas de la cultura de la muerte[editar | editar código]

El hombre es el único ser del universo que sabe de su finitud, el único que se da cuenta de la existencia de un mundo exterior a él, y el único capaz de ver al resto de los hombres como a otro “yo”, y, en función de esto, de tratarles con la misma dignidad que el mismo merece. Reconocer mi “yo” en un “tú” es reconocer la igualdad de todos los seres humanos en derechos y en dignidad. Y esta dignidad que se nota en el “otro”, como si del propio “yo” se tratare, está tan ligada a la condición humana que asume para su cadáver una vez que tiene lugar el fallecimiento: una forma de reconocimiento no solo de su pasado vivo sino de su futura inmortalidad (Morín, 1992). Negar esta evidencia, la dignidad de la persona humana en cualquier situación, es ver en el otro un adversario a eliminar o un objeto a utilizar, es negarle su condición de persona y cosificarlo. Por eso, la institucionalización de la muerte es debida, muchas veces, al ámbito cultural y a la tradición de ciertos pueblos, pero, sobre todo, al desconocimiento que existe en general sobre quién es el hombre. Aunque esto no la justifica. Una formación antropológica sobre la verdad del hombre, completada con lo que la moderna biología, la embriogénesis y la psiquiatría/ psicología han aportado, brindarían la oportunidad de evitar la promulgación desde el poder de ciertas leyes que son un atentado contra la persona humana, aunque tuvieran vigencia en el pasado, y frenarían ciertas prácticas criminales toleradas, cuando no son compartidas. Por ejemplo, con respecto al aborto provocado, muchas personas desconocen que el embrión es una persona, un ser humano, como ha demostrado la ciencia actual, o sabiéndolo, por intereses bastardos, se niega, e incluso se inventan nuevas palabras para referirse a los quince primeros días de ese niño a fin de negarle su pertenencia al género humano, como ocurre con el término “preembrión”, un término jurídico no reconocido en la literatura científica. Se niega hoy al nasciturus la dignidad de persona que en los enterramientos paleolíticos sí se le reconocía. En la sociedad un ser humano, desde la concepción, o en la enfermedad o en la ancianidad, pueda parecerle desagradable, despreciable, doloroso o repugnante, no impide que ese ser, por sus cualidades, talentos o virtudes, preste a la sociedad servicios de índole superior. Es posible citar a alguien actual, a Steven Hawking, que desde su silla de ruedas y comunicándose a través de un ordenador, casi en parálisis absoluta de su cuerpo, enriquecía día a día el campo de la ciencia. Beethoven tuvo, de haber nacido hoy, todas las papeletas para que su madre hubiese abortado: enferma, pobre y con un marido alcohólico, y ¡qué genio se hubiera perdido la humanidad!, pero también las tuvo para, al final de la vida, ser premiado con la eutanasia: anciano, enfermo, con dolores terribles, solo y mísero, y, sin embargo, en aquellas terribles circunstancias compuso una de las obras cumbre de la música de todos los tiempos, el más bello poema sinfónico-coral de su carrera, la Novena Sinfonía, en cuyo último tiempo deleita a todos hablándo de “alegría, porque los seres humanos son todos hermanos e hijos del mismo Padre”. “Ser hijos del mismo Padre” es lo que se ha perdido hoy, el concepto de fraternidad, entre otras cosas porque se ha matado al Padre, y, si ya no se consideran hermanos, si ya no tienen todos la misma dignidad, es fácil caer en la tentación de matar a los hijos/padres que estorben o a aquellos semejantes de los que se desea algo.

Clásicamente, se han aducido como razones para una cultura de la muerte perversa:

  • La inmortalidad mal entendida.
  • El politeísmo con presencia de dioses demoníacos que exigían el sacrificio humano como tributo o pago de una ofensa.
  • La necesidad de aplacar a la divinidad adversa para evitar calamidades.
  • La pobreza.
  • El embrutecimiento.
  • La superstición de muchos pueblos.
  • El carácter guerrero de ciertas civilizaciones.

Pero en la “avanzada” civilización occidental del siglo XXI solo es posible encajarla en esos parámetros clásicos si se recuerda que practica la ausencia y/o la muerte de Dios. Viven la primera sociedad humana oficialmente “atea”. Aunque en realidad se cree en otros dioses como la ley y la razón positiva, el progreso, el poder, el dinero o el sexo, y, últimamente, como se ha señalado, la Madre-Tierra, dioses no nuevos, por cierto, que bajo diferentes nombres y aspectos han sido venerados en los templos de todo el mundo durante todas las épocas. Es decir, en realidad, la oficialmente civilización atea de hoy profesa un politeísmo muy variado, a veces diabólico. Pues bien, los estudios antropológicos han mostrado que el politeísmo diabólico solo genera muerte y dolor. Por el contrario, los pueblos más primitivos del planeta, aquellos que se creen más se asemejan a la humanidad más antigua que comenzó a poblar el planeta (Botocudos de California, Negritos de la Islas Andamán, Vedas de Ceylán, Fueguines del extremo sur de América, Pigmeos de África, Aborígenes australianos, Piesnegros de Norteamérica…), son monoteístas (creen en un único dios, en un ser supremo creador de todas las cosas: Biame, Puluga, Tore…); y no solo eso, son además tremendamente respetuosos con la vida; si conocieran las prácticas de la cultura de la muerte se horrorizarían. Parece demostrado que las creencias de la humanidad han pasado por diferentes fases, según se vaya haciendo más o menos difícil el seguimiento de la ley natural y la “necesidad” de desligarse de su “yugo”: Así, del monoteísmo (la religión más exigente desde el punto de vista moral), se pasa a un politeísmo más llevadero que, con el tiempo, puede degenerar en la adoración a los demonios o en el ateísmo (más raramente), y en el que se pierde todo sentido moral y aprecio por la vida (propia o ajena).

En la perspectiva del Antiguo Testamento queda, cercenada la posibilidad de una teología de la muerte en sentido propio, ya que referirse a dicha realidad comporta, precisamente, hablar de lo que no es Dios ni concierne a Él.

El hombre es un ser religioso y un ser moral por naturaleza, el ateísmo vacuo solo puede traer muerte, de hecho sustituye a Dios por el omnipresente Estado. Pero si importante es recuperar la vieja religión de un Dios creador único, y el código moral natural con que ha dotado a los hombres, más importante es recordar que se ha revelado, se hizo hombre, habitó entre los hombres, murió y resucitó para dar la vida, y enseñó a ser verdaderos hombres. Y ser verdadero hombre es amar hasta el extremo incluso a los enemigos, como hizo Jesucristo. Frente a Dios, que es Amor, el Estado tiraniza y no perdona a nadie. Una antropología deficiente y equívoca, como la que se acepta hoy, tan lejos de la verdad del ser hombre, solo puede conducir a la cultura de la muerte. La ciencia y la psicología muestran una definición de hombre que abarca, sin distinción, desde la concepción a la muerte natural, a un ser de la especie Homo sapiens dotado de naturaleza corporal-mental-espiritual. Ciertas religiones dicen además que el hombre es imagen de Dios, de un Dios que es amor y que ha dotado de un alma inmortal a lo seres humanos. El hombre es algo más que un animal, es algo más que materia, es una persona, tiene dignidad. Y como tal ha de ser tratado. La cultura de la muerte, para campar a sus anchas, ha de reducir y negar esta verdad del hombre conocida desde la más remota antigüedad.

El Proyecto Genoma Humano ha demostrado que todos los seres vivos comparten genes idénticos, y que, por tanto, las evidentes diferencias entre unos y otros no están situadas en ellos. El hecho de que cada ser vivo, cada especie, tenga activados unos genes de forma propia y característica frente a como los tienen activados otros organismos, y el hecho de que cada especie tenga su propio programa de desarrollo, su propio plan de organización, desde el zigoto a la muerte, marca la diferencia.

  1. El zigoto, si nada interrumpe su desarrollo, será la primera fase de vida de un ser humano.
  2. Seguirá la fase de embrión.
  3. Infancia.
  4. Juventud.
  5. Madurez.
  6. Senectud antes de que sobrevenga la muerte natural.

El zigoto mamífero es la célula primigenia característica de una especie determinada, que en un ambiente natural (las trompas de Falopio de la hembra) se forma tras la unión de un óvulo con un espermatozoide. Y ese zigoto tiene su código genético (distinto al de los padres) y su sexo determinado (por la presencia o ausencia del cromosoma “Y”) desde ese instante; así como un programa de desarrollo propio por el que da órdenes al cuerpo de la madre para que se adapte para recibirlo y acogerlo, convirtiéndolo de esta manera en su nido durante una temporada. El desarrollo de la ingeniería genética hace posible hoy que los zigotos se puedan formar en ausencia de fecundación óvulo-espermatozoide, como en la clonación, lo que no diezma la dignidad de la persona humana en sus estadios iniciales: si el zigoto es de un Homo sapiens (como ocurre en los seres humanos clonados por cualquier método posible) se está ante un hombre con toda su dignidad y con todas sus potencialidades, no se está ni ante un animal ni ante una cosa, sí ante un ser humano, sí ante una persona. El hombre, como mamífero, nace, en cada zigoto que se forma, sea por la técnica que sea, dadas las potencialidades de la fecundación in Vitro, y se desarrollará siempre que tenga un nido que le acoja, proteja y le suministre las sustancias nutricias que necesita hasta que sea capaz de vivir por sí mismo. Quiere decir esto, que el ser humano, como mamífero, necesita una madre que le acoja en su vientre hasta que nazca, y una familia que le permita crecer armónicamente. También se sabe, según la genética moderna, que todos los hombres son iguales, prácticamente tienen el mismo ADN, y descienden de una mujer negra que vivió en África alrededor de hace 150.000 años (confirmado por otros marcadores genéticos). Es decir, a pesar del aspecto, todos son negros: No tiene sentido hablar de razas humanas, es un concepto artificial creado muy modernamente para justificar la esclavitud, la opresión de los semejantes e incluso el exterminio de unos pueblos por otros, por considerarlos inferiores. Cuando el hombre quiere cosificar al hombre lo clasifica en grados que van de mayor a menor (el estadio embrionario, la “calidad de vida”, la raza…), lo degrada y reduce, lo deshumaniza.

Sin embargo, ante el hombre la ciencia se para, no es capaz de abarcarlo en su totalidad, por lo que se corre el peligro de reducirlo si se mantiene solamente en el dato empírico. El hombre, además de cuerpo y mente, como mamífero que es, posee un núcleo espiritual en el que reside el “yo” que gobierna la “totalidad-unidad físico-anímico-espiritual que es”. No hay dato científico que no avale que el hombre es radicalmente distinto a todos los animales, y que no se puede comparar ni igualar a ellos bajo ningún concepto, que es “algo más”. El hombre es un ser espiritual, dotado de entendimiento y voluntad, y por ello un ser libre, que decide lo que quiere en cada instante de su vida, que conoce el bien y el mal y elige, que sabe que sabe. Por eso decide que es una persona y una especie, al mismo tiempo, es el resultado de un largo proceso evolutivo: recapitula toda la historia del Cosmos desde el Big Bang. En el cuerpo es posible encontrar los mismos quarks que componen toda la realidad energético-material existente y responde a las mismas leyes físicas. Presentando una inteligencia que, aunque superior, es posible compartir con algunos otros animales. Pero tiene además una dimensión espiritual que es exclusivamente del hombre. Son un diálogo, unitario y perfecto, entre la herencia universal compartida con el resto de la naturaleza, especialmente con los animales, y el espíritu constituyente de la persona humana; una unidad relacional desde el zigoto a la muerte natural que hace a cada ser humano único e irrepetible. La base de la espiritualidad humana y de la religiosidad orienta a la persona hacia el amor agápico e implica una decisión personal; constituye el centro capaz de tomar la decisión de hacer o no hacer, de amar o no amar, en el sentido de desear el bien del otro en cuanto otro. A través de este núcleo personal se distingue el amor verdadero de un simple sentimiento o deseo, como un acto de entendimiento y voluntad, libre y total de la persona entera: se ama al mismo tiempo con el cuerpo, la mente y el espíritu, de forma inseparable. El amor implica a la totalidad de la persona. Por tanto, el hombre, todo hombre, es una persona a lo largo de toda su existencia, desde el primer instante al último. Por eso es un fin en sí mismo y nunca puede ser un medio. Solo una concepción depravada y utilitarista del hombre puede conducir a causar la muerte de otros seres humanos, legislarla e incluso regocijarse ante el sufrimiento ajeno.

Un recurso muy extendido en todas las culturas, para justificar la cultura de la muerte, ha sido, y es, la de establecer categorías humanas, de tal manera que las categorías superiores pueden usar y abusar de las inferiores. Recordando el sistema de castas de la India:

  • En muchos pueblos se ha negado la existencia de alma a las mujeres.
  • Otras veces, el abuso se ejercía sobre los pueblos conquistados, que pasaban a ser objetos de propiedad, esclavos, sin ningún valor humano.
  • Otras, la depreciación como persona recaía en los débiles, enfermos, ancianos y niños.

Situaciones lamentables que obedecían al hecho de negar su humanidad, el ser persona, a algún miembro de la sociedad. Parecía que con la Declaración Universal de los Derechos Humanos (1948), al menos en el llamado “mundo civilizado”, estas ideas estaban superadas, estaba ya asumido que todos los hombres son iguales, y que esta certeza había que llevarla a todos los pueblos y naciones para evitar todo tipo de explotación humana. Pero no, hoy se tiende a clasificar a los seres humanos en “individuos, personas y ciudadanos”. El concepto de ciudadanía se impone sobre los demás desde una perspectiva juspositiva, y no se reconoce como persona a todo ser humano. Mirando atrás es posible observar que toda clasificación de los seres humanos siempre ha ido acompañada de dolor, como en la ideología nazi, de triste memoria. Cuando a un ser humano no se le considera persona se le cosifica: Hasta fechas muy recientes, en la “adelantada” civilización, se consideraba que los esclavos negros no tenían alma, y que, por tanto, se podía cometer con ellos todo tipo de tropelías, que su vida no importaba. El mismo Charles Darwin (1871), el llamado “padre de la evolución”, afirmó sobre ciertos pueblos de Sudamérica que eran “seres intermedios entre los animales y la verdadera especie humana” y que la raza caucásica, superior a todas, debía reemplazar a los pueblos salvajes del planeta. De la misma manera, hoy, las personas se empeñan en afirmar, contra toda evidencia científica, por pura ideología, que los embriones no son seres humanos sino un amasijo de células sin programa de desarrollo, una especie de tumor, y por ello los congelan, los someten a experimentación, los venden-compran, son materia prima de diversas industrias, etc. O que ciertos niños, enfermos y ancianos son menos que animales, como defiende,entre otros, Peter Singer (1998), autor del Proyecto Gran Simio, y que los pueden eliminar.

Cuando se olvida, voluntaria o inconscientemente, que todos son personas iguales en derecho y en dignidad, al margen de lo que puedan decir las leyes, se olvida también de la Justicia. Por ejemplo: la clasificación de “seres humanos de primera, de segunda y de tercera” aboca a leyes como la implantada en España en julio de 2007, de Investigación Biomédica, que permiten la experimentación no solo con embriones sino con menores, deficientes e inconscientes, basta con que sea de interés para terceros, aunque no se salve la vida de la persona sobre la que se experimenta (artículos 20 y 21). La historia se repite:

  • La esclavitud.
  • La muerte.
  • La guerra.
  • La tortura.
  • Las mutilaciones.
  • Los sacrificios humanos.
  • Etc.

Son tan viejos como el hombre, y la mayoría de las veces se han realizado dentro de un marco de legalidad. La pena de muerte sigue implantada en muchos países.

  1. Bajo la legalidad se perpetraron los genocidios turco, nazi, soviético, chino, camboyano… en el último siglo.
  2. Bajo la legalidad, en los antiguos pueblos de todo el mundo, se han realizado sacrificios humanos, rituales caníbales, etc., especialmente en la América precolombina: aztecas (miles en una sola noche), guaraníes… pero también en África, entre los apacibles polinesios y entre los cultos pueblos del Mediterráneo.
  3. Y totalmente legal, todavía hoy, es la lapidación de mujeres consideradas adúlteras en el mundo islámico, o la condena a muerte por la condición de homosexual; como legal es la ablación de clítoris.

El peligro de primar la ciudadanía, y la norma, como ha demostrado la historia, es que esta se puede instaurar sobre el orgullo de clase, raza, sexo o religión; bajo la égida de una ideología política totalitarista, de una ecología radical y de una economía devoradora. Y si la ley es lo primero, se ha de temer que, bajo esas leyes, determinadas personas corran peligro de perder lo más valioso que tienen: la vida. Solo así se explican los nuevos genocidios:

  • Los millones de niños abortados.
  • Los miles de embriones congelados.
  • Los cientos de enfermos y ancianos abocados a morir por el mero hecho de serlo.
  • Las esterilizaciones masivas en América, Asia y África.
  • Los millones de niños dedicados a la prostitución, utilizados como mano de obra barata o como niños-soldados.

Esta ideología, que niega a ciertos seres humanos el ser persona y que antepone el término ciudadano, va siendo inculcada a través de los medios de masas, para que vaya siendo aceptada, o a través del sistema educativo, para acostumbrar a ella al niño desde su más tierna infancia. Una vez que ha sido asumida, esta idea salta al sistema legal como forma de institucionalizar lo que se dice es “demanda social” (siempre de muy contadas minorías), y se impone a todos los ciudadanos. Así han surgido leyes que protegen y fomentan el asesinato de personas a través de la anticoncepción, el aborto, la reproducción humana asistida, la investigación biomédica… e incluso es posible decir que el infanticidio, porque en cierta manera está legalizado allí donde no hay plazos para la ley del aborto, o si está rebajada la edad para poder aplicar-recibir la eutanasia.

La historia dice que institucionalizar una cultura de la muerte perversa no provoca más progreso, por el contrario: resta humanidad. Si se permite educar a los niños en la cultura de la muerte puede que, dentro de unos años, el genocidio nazi parezca una travesura infantil. Y las personas serán responsables de haber permitido la existencia de la mayor tiranía jamás conocida.

Otras voces[editar | editar código]

Texto de referencia[editar | editar código]

  • Encinas Guzmán, María del Rosario(Mayo 2012). «Voz:Cultura de la muerte». Simón Vázquez, Carlos, ed. Nuevo Diccionario de Bióetica (2 edición) (Monte Carmelo). ISBN 978-84-8353-475-5.

Bibliografía[editar | editar código]

  • Aries, Philippe (1999). El hombre ante la muerte. Madrid: Taurus. p. 728. ISBN 9788430608270. 
  • Chesterton, Gilbert K. (2007). El hombre eterno. Madrid: Ediciones Cristiandad. ISBN 8470575023. 
  • Darwin, C. (1871). The Descent of Man, and Selection in Relation to Sex”. Versión española: “El Origen del Hombre”. Madrid: Edimat Libros. 
  • Encinas Guzmán, María del Rosario. Manipulación y cosificación del hombre: ¿qué se esconde tras la Ley de reproducción asistida y la Ley de investigación biomédica?. Universidad de Extremadura: Cauriensia. 
  • Frankl, Viktor (1999). El hombre en busca del sentido último. El análisis existencial y la conciencia espiritual del ser humano. Barcelona: Paidos. ISBN 84-493-0704-X. 

Referencias[editar | editar código]

  1. «La Carta de la Tierra». 
  2. Rivero, M. Pilar (1982). «El Código de Hammurabi». Clío. Consultado el 4 de junio de 2020. 
  3. «La Declaración Universal de Derechos Humanos».